Es impresionante la cantidad de canales de YouTube y el bombardeo de opinología en redes sociales: hay de todo, desde tarotistas que predicen catástrofes políticas aquí y allá hasta influencers para todos los gustos. Y es que, claro, en tiempos digitales tal vez el problema no sea el exceso de opinión, sino la falta de comprensión de algunos fenómenos o marcos teóricos y la pasmosa seguridad con la que son planteados.
Al respecto, en un documental a cuya producción asistí el otro día, un influencer decía algo como: “Es que a mí no me importa lo que piensen, yo soy sincero, digo las cosas como son”. Utilizaba la sinceridad para eludir la responsabilidad de estudiar o informarse antes de emitir un juicio, más aún si tu audiencia ronda los 1000 K. y si lo que haces puede motivar comportamientos o crímenes de odio.
Desde ahí, a lo que asistimos es a ruido organizado: un tipo de caos que produce capas y capas de confusión. Y, claro, en la era del consumo masivo, ¿para qué pensar más? Mejor sintonizar con alguien que confirme lo que medianamente considero. ¿Para qué complejizar? ¡Qué flojera! Que otro piense por mí y haga el análisis, y mejor si encaja con un perfil tradicional de autoridad masculina. La explicación más simplista da comodidad. Eso, sumado a los “like, comenta y comparte”, lo que hace es dispersar —como ventilador— conclusiones arbitrarias, sesgadas y simplificadas, como si fueran verdades absolutas.
Es ahí donde se forman burbujas temporales de gente que opina lo mismo y que, en lugar de cuestionar sus ideas y debatir con la diferencia, se empecina en circular por carreteras paralelas, disolviendo la posibilidad de construir una versión más crítica.
¿Vemos ejemplos? Aunque ya se ha hablado bastante del caso de la autoridad que, producto de sus notorias debilidades educativas y comunicacionales, abordó el tema de la maternidad, el episodio sirve para ilustrar al menos dos puntos: 1. Cuando usas —por trendy— un marco teórico (en este caso, feminista) sin haberlo estudiado y sin ser riguroso con sus categorías, claramente te falta vocabulario para expresar de forma diáfana cualquier punto. 2. Algunas voces indignadas respondieron igual, desde su propio sesgo y limitación: algo como “ay, qué barbaridad, si yo fui madre e igual pude realizarme”. Es decir, desde una autorreferencialidad tan cómoda que pasa por encima —como trapeador— del análisis contextual, los privilegios y muchas otras variables.
Lo mismo si pensamos en la política de un país latinoamericano respecto a sus pandilleros y sus cárceles, o en esa balacera en una favela en Brasil. ¿Recuerda los comentarios? O bien, vayamos a quienes apostaron por tragarse lejía en tiempos de COVID. Cualquiera puede opinar porque, en redes sociales, todos son —por segundos— médicos, abogados, cientistas sociales, psicólogos, entrenadores de fútbol; en fin, lo que se les cante, a partir de una distorsión de su autoestima y de sus limitaciones, porque total “tienen sentido común” (dicen).
¿Revisamos ahora con rigor? Desde la psicología política, esto puede entenderse como una enmarañada combinación de sesgos cognitivos, economía de la atención y una autoridad percibida sin sustento. La ignorancia puede leerse como un dispositivo, como un negocio que vende confusión. ¿A quién le sirve? Al mismo tiempo, la estupidez no sería más que la ignorancia de la propia ignorancia. ¿Por qué la consumimos? ¿Qué nos hace pensar que, porque alguien tenga más likes, salga en videos o en la tele, es una autoridad? Y lo más preocupante: ¿por qué basta con autodefinirse “crítico” para ser considerado como tal, si ni siquiera se demuestra en los razonamientos la humildad suficiente para reconocer que no se debe opinar de materias que se desconocen (solo porque se tiene boca y muchos likes)?
Cuidado con lo que consume, a quién sigue y cómo opina, porque la estupidez gestionada en burbujas también es un mecanismo de gobernanza peligrosa. Hablar más no es hablar mejor, y opinar porque se le cante tampoco es ser crítico.
¿Remedio? Lea primero, infórmese, para no terminar reproduciendo afirmaciones que evidencian más desconocimiento que criterio, como: “el feminismo es una reunión de mujeres resentidas que odian a los hombres”, o “qué bueno que los maten a esos (en las favelas) porque son delincuentes, no me da pena”, o “por favor, que vuelvan los militares”, o cosas similares. Para que no piense que basta creerse abogado, político o psicólogo para serlo, o peor aún, para presentarse como tal. Y para que no compre —o haga alarde— de entradas para ir a escuchar a “influencers” ignorantes que hacen su gira por la región latinoamericana.
Ahí le dejé, en el título, un verso de la canción de Björk para que le eche —de verdad— una pensadita. Gracias.
Daniela Leytón Michovich es psicóloga política y cientista social.
Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.





