En el 25° aniversario de la Declaración y Programa de Acción de Durban (DPAD), adoptada en 2001 en Sudáfrica para combatir el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y formas conexas de intolerancia a nivel mundial, la ONU aprobó el pasado miércoles 25 de marzo una declaración que califica la trata transatlántica de esclavos y la esclavitud racializada de africanos como «el crimen de lesa humanidad más grave» de la historia.
La iniciativa, presentada por Ghana contó con el respaldo de una coalición de 60 países de África, Latinoamérica y el Caribe, la cual buscaba que se reconociera que este sistema de explotación constituía una violación del derecho internacional sin prescripción y que sus consecuencias aún siguen afectando a millones de personas en todo el mundo. 123 países votaron a favor, 3 (Estados Unidos, Israel y Argentina) en contra y 52 (la mayoría de ellos pertenecientes al “bloque occidental”, incluido Japón) se abstuvieron.
De Europa, hasta la fecha solo Países Bajos se disculpó por la barbarie. En diciembre de 2022, el primer ministro Mark Rutte dijo que le esclavitud debe ser reconocida, en los términos más claros como un crimen de lesa humanidad, y ofreció disculpas por el pasado colonial de su país y por el tráfico de esclavos, así como por la exploración de nuevas tierras entre los siglos XVII y XIX.
La esclavitud no sólo ha sido moneda corriente en la Edad Antigua, durante la cual los imperios de oriente y Grecia y Roma, maltrataron de manera indecible e inaceptable a seres humanos, principalmente por su condición de derrotados en la guerra, sino que tuvo características execrables en las edades Moderna y Contemporánea, en infinidad de países dentro de los cuales se encuentran países latinoamericanos y del Caribe, teniendo como característica en estos últimos casos, que recayó sobre poblaciones africanas a las que se despreció por el color de su piel.
Entre 1500 y 1867, se estima que las Américas importaron 12.521,337 de esclavos, de los cuales 1.818,680 murieron en el camino y fueron arrojados al mar.
Estas personas esclavizadas eran tratadas como mercancías, llamadas “piezas”. La primera cosa que el comprador hacía para “tenerlas bien domesticadas y disciplinadas” era castigarlas: azotes, cadenas y grilletes. La crueldad con que se trató a los esclavos llegados a América fue brutal, como se desprende de la lectura del neerlandés Dierick Ruiters, que en 1618 pasó por Río, que relata:
“Un negro hambriento robó dos panes de azúcar. El amo, al saber eso, mandó amarrarlo de bruces a una tabla y ordenó que un negro le azotase con un látigo de cuero; su cuerpo quedó como una llaga abierta de la cabeza a los pies y los sitios por los que no pasó el látigo fueron lacerados a navajazos; terminado el castigo, otro negro derramó sobre sus heridas un pote de vinagre y sal… tuve que presenciar –relata el holandés– la transformación de un hombre en carne de buey salada; y como si eso no bastase, derramaron sobre sus heridas brea derretida; le dejaron una noche entera de rodillas, preso por el cuello a un bloque, como un mísero animal”
En 2013, Leonardo Boff escribió su “Lamento de esclavitud”, enfocado principalmente en Brasil, señalando que la Pasión de Cristo continúa a lo largo de los siglos en el cuerpo de los crucificados, y que Jesús agonizará hasta el fin del mundo, mientras uno solo de sus hermanos esté todavía pendiendo de una cruz. Dice Boff que, con esta convicción, la Iglesia Católica, en la Liturgia del Viernes Santo, pone en boca de Cristo estas palabras lacerantes: «Pueblo mío elegido, ¿qué te he hecho? ¡Dime, ¿en qué te he ofendido! ¿Qué más podía haberte hecho, en qué te falté? Yo te saqué de Egipto, te alimenté con maná, te preparé una hermosa tierra. Tú, preparaste una cruz para tu Salvador”.
Y señala que hoy todavía se oye el eco de los lamentos de la esclavitud, en otros términos: «Hermano mío blanco, hermana mía blanca, pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he ofendido? ¡Respóndeme!»
“Yo te di tantas cosas como la música cargada de nostalgia y de ritmo contagiante. Te enseñé cómo usar el bombo, la cuica y el atabal. Te di el rock y la cadencia de la samba. Y tú tomaste lo que era mío, hiciste nombre y renombre, acumulaste dinero con tus composiciones y nada me devolviste”.
“Yo te di en herencia el plato de cada día: el frijol y el arroz. De las sobras que me dabas hice la feijoada, el vatapá, el efó y el acarajá. Tú me haces pasar hambre. Y permites que mis niños mueran de hambre, y que sus cerebros se afecten irremediablemente, infantilizándolos para siempre”.
“Yo fui arrancado violentamente de mi patria africana. Conocí el barco-fantasma de los negreros. Fui hecho cosa, «pieza», esclavo. Fui la madre-negra para tus hijos. Cultivé los campos, planté el tabaco y la caña. Hice todos los trabajos. Y tú me llamas perezoso y me detienes acusándome de vagabundo. Me discriminas por el color de mi piel y me tratas todavía como a un esclavo”.
“Yo supe resistir, conseguí huir y fundar «palenques»: sociedades fraternales, de gente pobre pero libre. A pesar del látigo en mi espalda, trasmití cordialidad y dulzura al alma brasileña. Y tú me cazaste como si fuera un animal, arrasaste mis palenques, y todavía hoy impides que la abolición de la miseria que esclaviza, sea para siempre verdad cotidiana y efectiva”.
“Yo te mostré lo que significa ser templo vivo de Dios. Y, por eso, cómo sentir a Dios en el cuerpo lleno de axé y celebrarlo en el ritmo, en la danza y en las comidas. Y tú reprimiste mis religiones llamándolas ritos afro-brasileros o simple folclore. No pocas veces hiciste de la macumba caso de policía”.
“Y cuando se buscaron políticas que reparasen la perversidad histórica, permitiéndome lo que siempre me negaste, estudiar y formarme en las universidades, la mayoría de los tuyos grita: ¡va contra la Constitución, es una injusticia social!”.
«Hermano mío blanco, hermana mía blanca, pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he ofendido? ¡Respóndeme!»
Este grito resuena también hoy entre las poblaciones de Sudán y Congo.
Que la Pasión de Cristo concluya, de una vez por todas, en la Resurrección. No sólo para las víctimas de la esclavitud, sino también para todos aquellos que sufren como en Gaza, Cisjordania, Ucrania, Cuba, Nicaragua…
Carlos Derpic es abogado
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