“Queridísimo padre: Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe darte una respuesta, en parte precisamente por el miedo que te tengo, en parte porque para explicar los motivos de ese miedo necesito muchos pormenores que no puedo tener medianamente presentes cuando hablo” (carta al padre, Franz Kafka, 1919).
En una reciente emisión del excelente programa: “Sin Maquillaje” de la periodista Mery Vaca uno de sus invitados dijo “Arce sufre del síndrome del padre ausente” El programa que es una de las novedades más interesantes de este año ofrece cada día la oportunidad de análisis a fondo de la realidad nacional. Cada día tenemos la oportunidad de ver entrevistas de gran calado donde destacan invitados inteligentes, controvertidos y una voz, la de Mery, que es capaz de mantener un ritmo que obliga a prestar atención.
Fue en uno de esos programas sobre “Los Arce, la corrupción y los hijos del poder” donde encontré la frase que inspira esta columna. Sobre el programa solo diré que lo recomiendo mucho. Información actualizada, ejemplos pertinentes y preguntas agudas derivaron en esfuerzos serios, por parte de los invitados, por analizar las complejidades detrás de la corrupción. (https://www.youtube.com/watch?v=WFChCVFQCOE&t=2s).
Todo iba muy bien hasta que en un esfuerzo por analizar todas las aristas de la corrupción uno de los invitados destacó que “Arce sufre del síndrome del padre ausente”, quien por su trabajo que requería una alta dedicación, abandonó a la familia y habría intentado compensar al hijo entregando empresas estratégicas como si fueran juguetes, una forma de compensar su ausencia.
Me sentí identificada con la rápida respuesta de Mery Vaca, que sugirió si esa afirmación no era una forma de justificación. A mí no me quedó claro si el síndrome se refería al padre o al hijo. Pensé que si así fueran las cosas estaríamos condenadas a vivir rodeadas de corruptos.
De acuerdo con el INE, aproximadamente el 9,9% de las madres en Bolivia son solteras. Además, se estima que 19 de cada 100 madres son jefas de hogar; según la Encuesta de Uso del Tiempo realizada por el CEDLA las mujeres bolivianas dedican casi el doble de tiempo (o incluso más) al trabajo doméstico no remunerado que los hombres, es decir las mujeres cuidan más que los hombres.
Parafraseando a la gran caricaturista Alejandra Lunik pensé “no siempre es ausencia, es presencia mínima”. Con ese panorama es fácil concluir que los hijos y la hija de Arce, uno en prisión preventiva y los otros acusados de varios delitos de corrupción, serían producto de la ausencia del padre. No se puede negar la enorme importancia que tiene o debería tener la figura paterna en la educación de hijos e hijas, pero tampoco podemos dejar de ver los innumerables casos de personas que a pesar del abandono, descuido e irresponsabilidad de sus padres han sido capaces de construir vidas decentes, creativas y responsables. No hay una relación de causa-efecto.
El papel de las madres, abuelas, tías, hermanas mayores muestran cómo muchas de ellas en medio de la adversidad —incluidas las que deben educar a las hijas de víctimas de feminicidio— es gigantesco. Los chicos mimados no tienen por qué ser delincuentes; podrán ser inseguros, envidiosos, incapaces de mantener relaciones estables y un largo etcétera, pero en el caso que nos ocupa, la principal razón de la corrupción de los hijos de Arce ha sido la facilidad con la que era posible robar en las arcas del Estado.
Una constelación de cómplices ocupando altos cargos en el aparato judicial, la policía, la administración pública y un estado de normalización frente al que roba “pero hace” parecen más fácil de explicar lo que todavía es la punta del iceberg que se está desentrañando.
El chico Arce ha dicho que su detención es política y le ha mandado mensajes de amor a su padre. Es creíble el amor filial ya que éste es casi siempre incondicional, pero el entramado familiar más bien parece indicar que lo de “político” es un argumento ideado por su padre en un contexto de ilegitimidad de la justicia. La desconfianza arraigada en la sociedad hace creíble cualquier patraña.
La literatura tiene muchos ejemplos de las difíciles relaciones entre hijos y padres. Una de las más célebres es aquella “Carta al padre” citada en el epígrafe de esta columna. Por un momento imaginé que, salvando abismos intelectuales, el hijo de Arce podría sincerarse consigo mismo para identificar sus miedos, sus desengaños, su posible odio, sus reproches, en fin, todos aquellos sentimientos que han de surgir entre rejas, contra su padre. O tal vez podría pensar en ese amor que cultivan las mafias que son una mezcla de lealtad con absoluta subordinación y que se pagan con la vida.
Los hijos de Arce no parecen ser resultado de la ausencia paterna y me temo que son un ejemplo de amor y subordinación. ¿Cayó por incauto, por desobediente o por prepotente?
Sonia Montaño es socióloga jubilada y feminista por convicción.
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