El 15 de febrero se recordó el Día Internacional del Cáncer Infantil. Debido a las actividades de carnaval, esta fecha tan importante pasó desapercibida. Observé que la población vive diariamente con la confianza de que no le llegará esta enfermedad; sin embargo, es una confianza injustificada.
Hace unas semanas decidí donar plaquetas mediante aféresis para una niña con cáncer de 12 años. Para ello, previamente debía realizarme un conteo que determinara si era apto para la donación. Mientras esperaba el resultado, una familia al borde de la desesperación me preguntó si podía donar para un bebé de dos años. Me comentaron que tenía cáncer y que necesitaba con urgencia plaquetas. Asimismo, me señalaron que el bebé había sido internado hacía cinco días; según relataban, jamás imaginaron estar en esa situación, ya que su hijo estaba en perfecto estado físico apenas unas semanas antes. Busqué a una conocida del Hemocentro (Banco de Sangre) y conseguimos dos donadores para el pequeño paciente.
Al igual que esa familia, todos, desde los primeros meses de vida hasta la vejez, podemos llegar a padecer algún tipo de cáncer. El ritmo del diario vivir nos genera un punto ciego que nos lleva a evitar pensar que algún día podríamos ser pacientes o que un familiar cercano podría serlo. También evitamos, y muchas veces preferimos ignorar, la realidad que enfrentan los pacientes con cáncer y el sacrificio económico y emocional que sus familias deben asumir para cubrir los costos médicos que la enfermedad exige.
A nivel mundial, se estima que cada año se diagnostican aproximadamente 400.000 niños y adolescentes con cáncer (OMS, 2025). Asimismo, se registran entre 108.000 y 113.000 muertes anuales por cáncer pediátrico (IARC/GCO, 2025). En Bolivia se reportan alrededor de 433 nuevos casos de cáncer infantil cada año (Ministerio de Salud/PNLCC, 2025).
La supervivencia de esta enfermedad está profundamente marcada por la brecha entre países desarrollados y países en vías de desarrollo, lo cual resulta alarmante. En los países de altos ingresos, la tasa de supervivencia supera el 80%. En los países de Latinoamérica oscila entre el 55% y el 60% (OMS/WHO, 2025; IARC, 2025). Lo más preocupante es la situación de Bolivia, donde los niños con cáncer tienen una probabilidad de supervivencia de apenas entre el 30% y el 40% (Ministerio de Salud, 2025).
Existen múltiples factores que inciden en esta mortalidad. Entre ellos se encuentra la ausencia de centros médicos con acceso adecuado a servicios especializados. El 80% de los servicios oncológicos en Bolivia está concentrado en el eje central (La Paz, Santa Cruz y Cochabamba). Un niño de Pando, Beni o de áreas rurales tiene probabilidades de supervivencia drásticamente menores debido a la demora en el traslado y en el diagnóstico (Defensoría del Pueblo, 2025).
Otro factor crítico que explica el bajo porcentaje de supervivencia en Bolivia es el económico. El abandono del tratamiento por falta de recursos constituye una de las principales causas de muerte. Se estima que hasta un 13% de los pacientes interrumpe el proceso debido al costo del transporte, la alimentación y los medicamentos no cubiertos (OPS, 2024). Esta situación se agravó en los últimos años por la escasez de dólares en el mercado financiero boliviano, lo que derivó en un aumento de hasta el 100% en los precios de los medicamentos oncológicos (Swissinfo, 2025).
Con la creciente contaminación de ríos y fuentes de agua con químicos como el mercurio, proveniente de la extracción de oro, se están registrando mayores casos de cáncer en áreas rurales; las más afectadas son las comunidades indígenas. Este metal debilita el sistema inmune de los niños, ampliando las probabilidades de que las células cancerígenas se desarrollen (ONU/OHCHR, 2024)
Si bien el Estado boliviano, mediante el Sistema Único de Salud, ofrece tratamiento gratuito, en la práctica la cobertura es limitada y enfrenta problemas logísticos. En teoría, estos beneficios incluyen la cobertura de consultas, cirugías, internación y una lista de aproximadamente 10 a 15 medicamentos citostáticos (como Metotrexato, Vincristina y Carboplatino) (Ministerio de Salud, 2018/2025).
Sin embargo, estos beneficios resultan insuficientes, ya que los pacientes también deben cubrir con sus propios recursos terapias dirigidas, inmunoterapia, medicamentos de rescate ante complicaciones y fármacos de alta complejidad. Asimismo, el 69% de los hospitales oncológicos presenta desabastecimiento de medicamentos esenciales como Filgrastim o Carboplatino (Defensoría del Pueblo / ANF, 2025). En muchos casos, las familias deben pagar tomografías o estudios de médula ósea en centros privados.
Se estima que una familia puede gastar entre 2.000 y 7.000 bolivianos mensuales solo en gastos adicionales (medicamentos no cubiertos, transporte y alimentación especial), en un país donde el salario mínimo es de 3.300 bolivianos. Esta situación conduce al endeudamiento extremo o al abandono del tratamiento (Defensoría del Pueblo, 2025).
Estos factores que agravan la mortalidad en niños y adolescentes con cáncer son dramáticos. No se dimensiona el verdadero impacto de la enfermedad en el círculo familiar hasta que toca a un ser amado.
¿Qué podemos hacer como sociedad a favor de los niños y adolescentes con cáncer? Lo primero es no perder la empatía. Si bien existen personas y organizaciones denunciadas a nivel internacional como reveló la BBC en 2025 al descubrir que niños con cáncer fueron estafados y perdieron millones de dólares en fondos recaudados que nunca llegaron a las familias beneficiarias, también existen voluntarios y agrupaciones de la sociedad civil que, mediante actividades como la recaudación y el acopio de tapitas de plástico o campañas de donación de sangre, alivian económicamente a familias que atraviesan una batalla emocional y financiera. Lo fundamental es informarse antes de realizar una donación y verificar que realmente llegue a la población beneficiaria.
Como sociedad, también debemos anular ese punto ciego que nos impide ver a los enfermos con cáncer y reclamar mayor atención por parte del Gobierno, exigiendo políticas públicas que eviten que este ya bajo porcentaje de supervivencia se reduzca aún más en medio de la crisis económica que atraviesa Bolivia. Lamentablemente, quienes más sufren son las poblaciones rurales, debido a la distancia y a los elevados precios de estadía, alimentación y medicamentos. Con ingresos mayoritariamente paupérrimos en muchos casos, frente al cáncer solo les queda a estas familias la resignación de ver a sus seres amados sufrir.
Rubén Ticona Quisbert es economista y activista del Colectivo Lucha por la Amazonia.
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