Ya no hay derecho al fracaso

Opinión

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Carlos Hugo Molina

Cuando renunció y huyó Evo Morales y su gobierno, la solución constitucional se resolvió por la discutida sucesión constitucional en favor de Janine Añez. Quienes desconocen la legalidad de la solución, desconocen y olvidan voluntariamente la situación de violencia en la que estaba Bolivia y las consecuencias que podría haber tenido un vacío de poder. La creatividad legalista boliviana ya había resuelto situaciones anteriores con la disminución del periodo constitucional del Dr. Siles, la habilitación del vicepresidente en ejercicio como candidato a la presidencia y la creación de dos presidencias constitucionales interinas. Demás está decir que ninguna de esas figuras formaba parte del constitucionalismo boliviano, y, sin embargo, hoy son objeto de estudio como soluciones innovativas que evitaron el derramamiento de sangre.

Paradójicamente, el uso arbitrario del poder durante el MAS, resolvió que una condición de los acuerdos que condicionaba la aprobación de la Constitución del 2009, el que se reconocía expresamente que el periodo anterior del mandato de Evo Morales debía ser considerado en el cómputo, fuera ignorado. Lo mismo que la interpretación que lo habilitaba para un tercer periodo. O los meandros leguleyescos que desconocieron el Referéndum del 21F. Y la cereza en el helado de la estupidez, el reconocimiento de la reelección indefinida como un derecho humano del sátrapa que ejercía el poder.

El ascenso a la presidencia de la senadora Añez fue recibido con alborozo por todos los demócratas bolivianos, desgastándose progresivamente el apoyo por las circunstancias que la acompañaron hasta llegar a la soledad casi absoluta que ella padece. Reiterando que la solución debe darse por el respeto a la investidura que ostentó con los beneficios constitucionales inherentes al cargo, la reflexión es pertinente por lo que pueda ocurrir después del 17 de agosto. Todas las encuestas señalan una mayoría casi absoluta que tiene la suma de las 2 fuerzas principales, con representantes ideológicos que fueron aliados y que no tienen, objetivamente, diferencias radicales más allá de las personales. De manera extraordinaria, y sin que nadie lo hubiera esperado remotamente, las opciones electorales del MAS aparecen literalmente borradas, dejando una sensación extraña en el electorado. La pelea ya no es contra el MAS, es entre dos candidatos que forman parte de la tradición de pactos y acuerdos de la historia política reciente, y que tuvo en el Acuerdo Patriótico su espacio electoral. ¿Es posible que existan diferencias irreconciliables ente Tuto y Samuel, como para no entender que, si bien la pelea electoral no es contra el masismo, sí lo es contra una forma de vida que ha dejado una estructura impregnada de corrupción y que ha permeado todas las formas de vida social que ha tocado?

Como en el inicio del gobierno de Jeanine Añez, esta solución otorga la posibilidad a dos candidatos del mismo origen político, sin posibilidad de fracasar.

No puede repetirse la experiencia de los respiradores, de los cargos de favor, de los negocios en medio de la crisis humana que desembocaron en crisis de valores. La pandemia que hay que enfrentar es la consecuencia de un desgaste humano, económico e institucional que sólo puede tener la urgencia del éxito.

Nos toca a la ciudadanía, cuidar radicalmente nuestra democracia, esta vez, sin barbijo.

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Carlos Hugo Molina es director de innovación del CEPAD.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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