La democracia de los bolivianos

Opinión

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Sumando Voces

Sandra Verduguez

“Corra como si su suegra lo estuviera persiguiendo” fueron las palabras de un apurado ciudadano que intentaba llegar a tiempo a su trabajo y que además quiso obligar al tímido, pero firme conductor a cambiar de ruta; las horas pico tienen la facultad de sacar lo peor de las personas. 

Este comportamiento, que muchas veces logra su objetivo, es cotidiano y aceptado con resignación por el resto de pasajeros o ciudadanos que a diario ven cómo se rompen las reglas y cómo se vulneran derechos sin plena conciencia de lo que sucede. Y es que esto ocurre en el transporte público, en la calle o en las instituciones todo el tiempo porque creemos que tenemos derecho.

Estamos en el mes de la democracia. En octubre de 1982 y luego de un largo periodo de gobiernos militares y dictaduras -siguiendo la corriente de varios países en Latinoamérica- Bolivia empezaba a sentir que existía la posibilidad de que el pueblo participe de las grandes decisiones mediante mecanismos de participación establecidos en la Constitución Política del Estado para lograr una convivencia social con libertad e igualdad ante la ley y sin autoritarismos. 

Sin embargo, en las décadas siguientes, las sombras parecen ser más que las luces, cuando  principios  como la transparencia,  la independencia,  igualdad o el respeto por los derechos del otro se violan cada día en todos los niveles de Estado y en cada situación que puede ser “aprovechada” para conseguir intereses particulares de todo tipo y sabor.

Tarea muy difícil saber cuánto o cómo entiende cada boliviano la democracia y sus principios. Tal vez sólo vemos la realidad desde la óptica de los derechos y no de las obligaciones.

Sin duda, esto muestra que la cultura democrática en Bolivia aún es muy pobre, lo que facilita actitudes de corrupción y permite violaciones de los derechos en prácticas que reflejan permisividad al abuso y que se normalizan a tal punto que se institucionalizan y reemplazan a los principios democráticos.

A estas alturas y no solo en el mes de la democracia es importante preguntarse cuánto de lo que encierra el concepto de democracia se comprende realmente o cuántas de nuestras actitudes diarias son democráticas. Y además analizar cómo se puede enseñar a ser democrático en medio de tanta necesidad y de tan pocas posibilidades de satisfacción.

Podríamos pensar en muchas formas de enseñar a comprender las verdaderas dimensiones de los principios democráticos. Una forma podría ser incluir la educación ciudadana  en la currícula escolar para que  los estudiantes comprendan los principios democráticos y los valores cívicos en la vida diaria, además de fomentar  discusiones para que aprendan a expresar sus opiniones en un ambiente de libertad y respeto por la de los demás. Pero para eso es necesario un entorno familiar respetuoso y un ambiente educativo sin violencia y con permiso para pensar por cuenta propia.

Podríamos pensar también en que los gobernantes de turno o nuestros representantes entiendan el verdadero significado de la democracia y dejen de utilizar lo público como privado, velando por un mejor futuro para el país. Pero para eso es necesario que no solo hablen de democracia, sino que la practiquen y vivan de acuerdo a sus reglas.

El camino es largo y desafiante, a veces desalentador, pero en algún momento debemos empezar a recorrerlo porque corremos el riesgo de que la idea de lo democrático empiece a diluirse de tal forma que la democracia de los bolivianos confunda los derechos con el abuso y se convierta en justificación para todo tipo de actitudes.

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Sandra Verduguez es Comunicadora social, integrante de Observación Ciudadana de la Democracia (OCD).

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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