El privilegio de tutear

Opinión

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Sumando Voces

Conozco pocas personas blancas en el sentido racial del término que sean conscientes del privilegio que implica su blanquitud. Una de ellas es Linda Farthing, periodista e investigadora que ha vivido por temporadas en Bolivia y ha escrito mucho sobre el país (en inglés y para medios gringos). Hace un año, aprovechando su paso por Bolivia, la invité a un taller sobre racismo que yo estaba desarrollando en El Alto y en medio de la conversación dijo algo que se va a quedar en mi mente hasta el último de mis días. Contó que en Bolivia ella ocupa un posición muy alta de privilegio, por ser blanca, extranjera y tener capital económico. Por eso, muchas veces, cuando una mujer indígena se dirige a ella, la trata de «señora» con una distancia social que también tiene historia colonial. Ante esa constatación, Linda nos explicó que su forma de desmontar esa mini jerarquía es responder también con «señora». Si la otra persona le otorgaba esa forma de respeto, ella respondía con reciprocidad.

Desde ese día pienso mucho en eso cada que entro al edificio donde vivo. Uno de los porteros siempre me saluda con un «buenas noches/días/tardes, joven» y me trata de usted. Yo le digo «usted» también. Sé que parece una nimiedad, pero el habla está llena de pequeñas instrucciones sobre quién queda arriba y quién abajo. La palabra «usted» demuestra cariño o respeto, pero también construye una jerarquía de trato desigual, un lenguaje que distribuye posiciones, una persona que dice «señor» y recibe su nombre de pila o un diminutivo como respuesta.

Yo he empezado a notar esas posiciones recién en mi vida universitaria. Crecí en una zona popular de la ciudad de La Paz (aunque recién me enteré de que era «zona popular» al leer lo que académicos escribían sobre el lugar donde yo vivía) y crecí con la idea clara de que a la gente «de arriba» se la trata de usted, con respeto y con una distancia aprendida por la posición social. Cuando por cuestiones de trabajo comencé a relacionarme con espacios de clase media alta y alta, me sorprendió que toda la gente se tutee con una soltura con la que yo no había crecido. Ellos habían aprendido desde pequeños a dirigirse horizontalmente a cualquier persona, mientras yo había aprendido a medir distancias con el lenguaje.

Si bien he adquirido capital cultural y simbólico por mi recorrido escritural, de estudios y de docencia, mi posición económica depende de mi trabajo. Tengo buenos ingresos para estándares bolivianos, pero no patrimonio acumulado: vivo en alquiler, no tengo inmuebles ni herencia y, si pierdo mis principales fuentes de ingreso, esa estabilidad se vuelve frágil. Esto hace que las personas me lean de formas distintas según el espacio. En algunos lugares soy visto como alguien de origen popular (y más por mi forma de ver el mundo); en otros, en cambio, puedo ser leído como alguien de mucho privilegio. El portero del edificio no conoce mi historia familiar, económica ni escritural: ve a un residente más del edificio y adopta el código lingüístico que usa para relacionarse con quienes ocupan ese lugar.

Creo que a esto podríamos llamarlo privilegio lingüístico: la posibilidad de tutear a quien se siente que debe tratarte de «usted». Ese privilegio se aprende: las élites, además de transmitir dinero, contactos y educación, también educan en modos de habitar el lenguaje: hablar sin pedir permiso, referirse a los demás sin distancias, usar diminutivos para hablar de personas racializadas. Los que hemos crecido en lo que la academia llama «origen popular» aprendemos lo contrario: a medir con el lenguaje, a tratar de «licenciado», «doctor», «padre», siempre usando las palabras para contar centímetros hacia arriba.

Volviendo al caso del portero de mi edificio, la salida fácil para mí sería decirle que me tutee. Sin embargo, eso conservaría en mí el poder de decidir el tipo de relación que tenemos. Pedirle que me tutee podría significar imponer mi forma de horizontalidad, yo he estado en la posición de alguien que se siente incómodo tuteando a la gente porque ha sido criado con la idea de que tratar de «usted» al otro es ser educado. Por eso prefiero devolver el mismo trato.

En Bolivia, el ascenso social suele venir acompañado de códigos de clase y racialización. Uno puede adquirir capital cultural, simbólico o económico y comenzar a ocupar lugares donde otros lo tratan con una distancia que antes uno mismo reservaba para «los de arriba». Si esta nueva posición comienza a naturalizarse, el blanqueamiento se ha logrado: cuando uno se acostumbra a que le digan «señor», a tutear a quien lo ustea o a recibir ciertos tratos sin cuestionar la asimetría.

Muchos años pensé que tutear era una cuestión de personalidad y que yo no lo hacía por cierto dejo de timidez. Hoy puedo leer debajo de ello una educación de clase. Lo que aprendí de Linda Farthing fue la regla de devolver el tratamiento que recibo. Si alguien me trata de «joven», le respondo «joven» o «señor», según la edad. Si alguien me trata de «usted», le digo también «usted». Vivo en un país estructuralmente racista, sexista y desigual, y creo que los pasos para desmontar esas estructuras vienen desde estos gestos pequeños de la cotidianidad: nuestros usos del lenguaje. Es muy fácil dejarse llevar por el privilegio de ser quien mide la distancia y la asimetría, prefiero construir la horizontalidad siempre desde la comodidad del otro.

Juan Pablo Vargas Rollano es escritor y educador.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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