El 1 de mayo de 1971, en el edificio del Congreso de la República, se instalaron las sesiones de la Asamblea Popular, impuesta por las organizaciones sindicales (particularmente la COB) al presidente Juan José Torre Gonzales. La corresponsal de Le monde Diplomatique en aquella época, la intelectual Marceline de La Souchère, consideró que se trataba del primer soviet en América Latina y así tituló el evento la página principal del mencionado periódico, produciendo un temor desmedido que fue utilizado por los golpistas de entonces, a la cabeza del Gral. Hugo Banzer Suárez, para acelerar su golpe de estado. Extremismo evidente de la corresponsal y el diario mencionados
Cierto que, en tales épocas, la izquierda marxista descreía de la democracia liberal y apenas le asignaba el papel de “etapa de transición hacia el socialismo” La “Tesis de Pulacayo” de inspiración porista, consideraba que las “tareas democrático-burguesas” eran sólo una parte de la revolución socialista. El PIR, por su parte, afirmaba que la lucha contra el fascismo suponía la defensa de la democracia burguesa que, sin embargo, era entendida como una etapa previa de la revolución socialista y no como un fin en sí misma. El PCB (nacido del PIR) postulaba la democracia liberal como una etapa previa a la construcción del socialismo, pero hacía hincapié en el reconocimiento de los derechos económicos sociales y culturales. Tan solo el ELN tenía una posición extrema y consideraba a la democracia como algo inútil.
La Asamblea Popular terminó siendo un espacio en el cual los partidos políticos de izquierda y de centro izquierda demoraron una eternidad en aprobar las credenciales de sus miembros y se dedicaron luego a interminables discusiones teóricas que no causaron daño alguno al Estado burgués y al imperialismo que decían combatir.
En la hora presente estamos viviendo, a nivel mundial, el auge de la extrema derecha que, bajo el pretexto de “batalla cultural” se ha propuesto en realidad, como lo afirma Pablo Stefanoni, una guerra ideológica por la visión del mundo, que va llegando a extremos insospechados.
Uno de los abanderados de esta extrema derecha es el presidente argentino Javier Milei, que, por ejemplo, criticó a los gobiernos de Sebastián Piñera en Chile y Mauricio Macri en Argentina, tildándolos de repugnantes e inmorales e incluso -en el caso de Macri- de “socialista”.
Se trata pues de una contradicción entre libertad económica y dictadura política, que se da en los marcos de la “batalla cultural” que puso en práctica el dictador Pinochet, en un modelo blindado en la Constitución de 1980 de ese país. Libre mercado a como dé lugar, pero dura “batalla cultural”.
La palabra “woke” se usa hoy para estigmatizar a todo movimiento progresista. “Estado” es otra mala palabra. El Estado no debe intervenir en la economía sino estar solamente atento para reprimir y en su caso extinguir cualquier disidencia con el dios mercado.
“Justicia social” es hoy otra expresión desafortunada para la extrema derecha. Desconociendo que filósofos como Aristóteles y santo Tomás de Aquino ya hicieron referencia a ella, se la quiere atribuir al “socialismo” del siglo XXI y se la pretende mostrar como un instrumento de envidia y odio de los pobres contra los ricos. En esto, no se para mientes en denostar a la Doctrina Social de la Iglesia, aunque, por conveniencia, naturalmente, se pretende tener a esta institución al lado de los adoradores de los dioses dinero y mercado.
El mundo está lleno de cultores de esta manera de entender las cosas: Trump, en Estados Unidos; Bukele (El Salvador), Milei (Argentina), Kast (Chile) y de la Espriella (Colombia) son algunos especímenes latinoamericanos. Todos ellos prohíjan y/o apoyan el genocidio que Netanyahu y los sionistas están llevando adelante en Gaza y Cisjordania.
En Europa la cosa no está mejor. Ahí se tiene a Meloni en Italia y a Vox en España. El triunfo de la ultraderecha en Alemania es también parte de este fenómeno. Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán), un partido considerado de extrema derecha por los servicios de inteligencia alemana, ha ganado tres elecciones clave en la última semanas: en el estado de Sajonia-Anhalt con el 44% de los votos, en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, donde obtuvo el 38% de los sufragios y en Berlín, donde también se celebraron elecciones para elegir a un nuevo alcalde, el partido poscomunista Die Linke (La Izquierda) fue el más votado con el 25% de los sufragios.
La gobernante CDU (demócrata cristiana) y la social democracia alemanas han quedado muy atrás. Llama la atención que los tres lugares en los que ganó la ultraderecha formaron parte de la antigua República Democrática Alemana, que estuvo bajo el yugo de la ex URSS entre 1945 y 1991.
Cierto que una auténtica democracia permite la alternancia de distintas fuerzas política en el poder, independientemente de su orientación ideológico – política, pero la historia enseña que ciertos grupos la utilizan para llegar al poder y eternizarse en él, adoptando políticas negadoras de la libertad, el pluralismo y la disidencia, propias de cualquier democracia.
Estemos atentos y no nos dejemos sorprender con “cantos de sirena” que proponen guerra a muerte a los adversarios, cero tolerancia, supresión de lo políticamente correcto. En suma, el odio como el motor impulso del accionar político. El mundo ha pagado muy caro la llegada de sujetos de este tipo al poder. Y puede seguir haciéndolo.
Carlos Derpic es abogado.
Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.





