Las gestiones de Rubén Costas y Luis Fernando Camacho, acompañadas por la directiva del Comité Pro Santa Cruz, estuvieron fuertemente marcadas por la identificación de un enemigo político al frente: los gobiernos de Evo Morales y Luis Arce, que enfrentaron una dura oposición de estos frentes políticos.
Durante muchos años hemos sobrellevado una marcada polarización, caracterizada por el enfrentamiento, la división y la tendencia a ver al otro como un adversario radical. Cada actor, a su estilo, ha sobrevivido a este clima de tensiones. En periodos electorales o ante coyunturas complejas, resurgen con fuerza los sentimientos regionalistas y racistas —tanto del oriente como del occidente—, que terminan siendo amplificados por periodistas, intelectuales y autoridades de turno.
De este modo se mantiene ocupados y crispados a los seguidores de uno y otro bando. Mientras el gobernador de Santa Cruz, Juan Pablo Velasco, busca profundizar un discurso de unidad y encuentro entre bolivianos —asistiendo incluso a las efemérides de otros departamentos—, la vicegobernadora, Paola Aguirre, proveniente de la línea dura de Creemos, alimenta la confrontación regional al poner en la picota la tensión entre paceños y cruceños bajo el argumento falaz del financiamiento del Teleférico en La Paz, una de sus obras emblemáticas.
Sin duda, estas posturas exacerban de forma inútil los ánimos tanto en Santa Cruz como en La Paz, reanimando el fantasma de una mayor polarización en el país. A ello se suma la reaparición del Comité pro Santa Cruz, que busca «fiscalizar» a los legisladores cruceños que votaron por la ampliación del estado de excepción, convocándolos a rendir cuentas como si se atribuyera el monopolio de la cruceñidad para juzgar con dedo inquisidor.
En estos 210 años de conmemoración de la gesta libertaria, consultamos a investigadores, docentes universitarios y politólogos una pregunta clave: ¿La polarización y la falta de debate perjudican o benefician a Santa Cruz, y por qué? Compartimos sus reflexiones:
Luis Andia, agudo pensador y estudioso de las ciencias políticas, sostiene que: “Si hubiera polarización, habría debate. Lo que hay son discursos hegemónicos panópticos; cualquiera que se salga de las líneas oficiales corre el riesgo de ser invisibilizado o reprendido públicamente. Se trata de un actor hegemónico en lo social, político y económico que controla ese discurso y que, en lugar de ser el motor de la región, se convierte en un problema, imponiendo una visión miope que no aporta al debate, sino que se transforma en una narrativa conservadora que inmoviliza el desarrollo integral”.
Daniel Valverde, docente universitario y analista político, precisa: “La polarización es un freno de mano para avanzar hacia otra escala política. Solo beneficia el protagonismo de liderazgos personalistas y narcisistas. Santa Cruz, como región, está muy por encima de esas dimensiones y la bullanguería política personal posterga su verdadera proyección”.
Reymi Ferreira, exministro de Estado y autor de Las logias en Santa Cruz, considera que la discusión y el debate son signos de modernidad política: “Solo los sectores marcadamente conservadores mantienen la intolerancia y el pensamiento único. Resulta contradictorio que algunos de sus exponentes hablen de democracia cuando su conducta es profundamente antidemocrática”.
Moisés Palachay, politólogo, señala que la polarización anula la generación de ideas en lo político y social: “Se debe incidir más en el debate de propuestas; eso significaría un salto cualitativo para Santa Cruz y tendría un impacto positivo en la ciudadanía. La polarización puede favorecer a un grupo de interés político o económico de manera coyuntural durante una crisis, pero es una victoria efímera y de corto alcance en una sociedad diversa como la cruceña”.
Homero Carvalho, escritor y abogado, enfatiza que la polarización perjudica profundamente a la región porque reemplaza los argumentos por estigmas: “Cuando se recurre a etiquetas como ‘fascistas, oligarcas, racistas, golpistas o separatistas’, no hay debate, hay prejuicio. Y cuando ese prejuicio se convierte en un estereotipo fomentado desde el poder, el riesgo de un conflicto mayor es inminente. Cada extremo necesita del otro, con sus símbolos y sus dogmas, elementos propicios para la confrontación. Además, atribuir todos los males a una ‘todopoderosa oligarquía cruceña’ exime a otras oligarquías de mirar la viga en el ojo propio. No quiero que los jóvenes crezcan con discursos de odio basados en versiones sesgadas. Un Santa Cruz encerrado en la confrontación no logrará construir un liderazgo nacional”.
No obstante, Carvalho aclara que la resistencia frente al poder central tuvo una razón de ser: los cabildos y la lucha autonómica fueron expresiones legítimas de democracia participativa en las que Santa Cruz funcionó como un contrapeso necesario. Sin embargo, recalca que una cosa es la protesta con propuesta y otra muy distinta la polarización permanente, que no construye nada.
Precisamente, las autoridades locales —gobernador y alcalde— tendrán una prueba de fuego en los actos del 24 de septiembre para emitir una llamada de atención a los dos principales mandatarios del país, quienes se distancian cada vez más. El reto es generar espacios de debate sobre el ejercicio del poder y no profundizar el enfrentamiento y la división en la que se encuentran enfrascados.
Sin embargo, en Santa Cruz ya se observó otra señal compleja: los organizadores de la Expocruz optaron por no invitar al vicepresidente Lara al acto de inauguración, una decisión que terminará siendo capitalizada políticamente por la autoridad nacional.
Hernán Cabrera es periodista y licenciado en Filosofía.
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