No estamos hablando de René Rodolfo Ríos Boettiger, “Pepo”, el famoso caricaturista chileno que dio vida al inolvidable “Condorito”. Estamos hablando de René Ríos González, el “Tucán”, el “Loco Ríos”, mi gran amigo que nació a la verdadera vida el 28 de julio de 1986, hace 40 años.
El día anterior, 27 de julio, se había celebrado el “Día del Juez”, pero, como cayó en domingo, el festejo se trasladó para el lunes. En tal circunstancia, René iba conjuntamente un colega abogado, de Potosí a Betanzos, donde residía otro amigo que era juez. A ocho o nueve kilómetros de la partida, en la carretera de tierra que se encontraba junto a la antigua pista del aeropuerto “Capitán Rojas”, el vehículo en que se trasladaban salió de la carretera y despidió a René del asiento de copiloto en el que se encontraba (no llevaba puesto el cinturón de seguridad). El impacto fue brutal y ocasionó su muerte instantánea.
Luego de enterarme de la noticia, hacia las nueve de la noche fui a la casa de René, ubicada en calle Tarija N° 32, frente a la puerta principal de acceso al templo de San Francisco. Ahí yacía sin vida el inolvidable amigo y compañero.
Su mamá, la señora Delicia González, estaba retornando en ferrobús esa noche de La Paz, donde había pasado unas semanas junto a su familia; no sabía nada de lo ocurrido. En el velorio, instalado en la casa referida, estaban sus hermanos Armando e Isaías, su cuñado Willy Benavides, su concuñado Jorge Lora (uno de los famosos dentistas de Potosí) y otras personas.
El frío era brutal. Todo el 28 había soplado con tal intensidad que fue posible, hacia las cinco de la tarde, ver el sol sin ningún tipo de protección, dada la nube de polvo que levantó. Era un día en que hacía “un frío atroz y atrás” (Iván Derpic dixit), motivo suficiente para acompañar el velorio con unos “calientes” (“té con té o canela con singani), mientras recordábamos anécdotas de René y reíamos a mandíbula batiente. Hasta que llegó su mamá, que nos devolvió a la realidad.
René, además de inteligente y bienintencionado, fue una persona absolutamente graciosa. Autor de varios apodos, como el que le puso a un ex combatiente de la guerra del Chaco, que, como consecuencia de la campaña había quedado con uno de los ojos casi cerrado, al que llamaba “el cazador” (porque siempre estaba apuntando).
En una ocasión, en un bar, había un médico insoportable que se jactaba de todo y de nada y en determinado momento dijo que él había estudiado en Pamplona. René, imaginativo como era y cansado del médico, le dijo: “Yo también estuve en Pamplona”, a lo que el insoportable inquirió: “¿Ah, sí; y qué conociste allí?”. La respuesta fue: “Cojudos como vos”, y terminaron los alardes en medio de la risa estruendosa y generalizada de los presentes.
Fuimos compañeros en el colegio Franciscano de Potosí desde primero de primaria. Cuando cursábamos quinto, por alguna razón nos desafiamos a golpes “a la salida”. Fue un espectáculo imperdible para el curso, que dos de los más tranquilos peleen. Los golpeadores del curso eran Walter Subieta Castro y Walter Milligan Zamora (fallecidos ambos). Comenzó la pelea en una esquina de la ciudad, a dos cuadras del colegio, pero después de varios minutos no había volado ni un solo golpe. El Dr. Alberto Subieta, papá de otro compañero de curso (Carlos Subieta Zuleta) salió de su casa, nos introdujo al patio y nos dio guantes de box, estableciendo que teníamos un minuto para “sacarnos la mugre”. Al cabo del minuto, se produjeron dos golpes, “uno por nuca”. Ese episodio nos unió más de ahí en adelante.
Fue un amigo leal. Cuando por razones de orden personal no pudo rendir el examen de grado para el que estábamos estudiando desde tres meses atrás, continuó yendo a mi casa para estudiar conmigo lo que restaba. Y se alegró muchísimo cuando aprobé el examen. El premio que René y Willy Benavides me dieron por la aprobación fue un hermoso disco de “Los Chalchaleros” con bandoneón que llevaba consigo Willy. Solo después supe que no era suyo sino de su hermano Ismael, con quien puede años después reparar la falta, ya no en disco de vinilo, sino compacto.
Al irse dejó a su esposa Blanquita Benavides y sus hijos Raúl y René que eran muy pequeños. Dejó también recuerdos imborrables entre quienes lo conocieron y tuvieron ocasión de alternar con él.
Militó en el MIR y, en la dura época de la dictadura de García Mesa, fue contacto de un alto dirigente de ese partido en Potosí, cumpliendo a cabalidad su labor, junto a otro amigo, Marcelo Pacheco.
En 1986 estuvo encargado de guiar a los futbolistas del Bolívar que viajaron a Potosí para un partido benéfico para DIRME. Fue interesante ver a un fanático strongista pasear por la ciudad con los “celestes”.
Hincha fanático de Willy Bendeck, cuanto este gran corredor murió en 1971, alguien comentó que perdió la vida por imprudente. René contestó: “hay que morir así, no como un cojudo en la cama”. Finalmente, murió en accidente automovilístico.
¡Hasta la vista, querido amigo! Ya llegará el momento en que volvamos a encontrarnos. Y sabremos del motivo de tu llanto cuando escuchabas “Yo no sé qué me han hecho tus ojos”, en versión de Juan D’Arienzo.
Carlos Derpic es abogado.
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