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Mientras los bloqueos cerraban caminos, «El Yungueñito» abrió la puerta de su casa

Democracia

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19 de julio, 2026

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Sumando Voces

«El Yungueñito», junto a su esposa Ángela, su bebé, y su comadre Nelly (al centro).

JORGE QUISPE, SUMANDO VOCES

Durante los 51 días de bloqueos en Bolivia, cientos de choferes quedaron atrapados en Desaguadero, a temperaturas de hasta diez grados bajo cero, sin agua, alimentos ni un lugar donde cocinar. Mientras la confrontación mantenía cerradas las carreteras y el diálogo seguía ausente, un comunario abrió la puerta de su casa. Marcelo Arce Bolo, de 42 años, convirtió el patio de su vivienda en una cocina comunitaria donde gasta 200 transportistas encontraron algo más que comida: recuperaron la confianza en los demás.

Don Marcelo no tiene grandes riquezas. La mayor herencia que recibió de sus padres y abuelos fue una enseñanza sencilla: “Siembra en terreno bueno, buenas semillas. Y cosecharás buenos frutos”. Esa frase, aprendida en su infancia, terminó floreciendo en Desaguadero cuando tres jóvenes choferes, cansados de pedir ayuda sin éxito, tocaron la puerta de su casa, ubicada a unos 15 metros de la carretera a Desaguadero, casi a orillas del lago Titicaca.

Hoy, sus nuevos amigos le han apodado “El Yungueñito”, porque nació en Larecaja y fue criado en Guanay. Pero para muchos es, sobre todo, “un ángel”, como todavía le llama Nelly Avilés Lazarte, una transportista que recibió el cobijo de don Marcelo en los días más críticos el conflicto y ahora se ha convertido en su comadre.

La decisión de abrir las puertas

Uno de los primeros grupos de transportistas que construyeron comunidad en el hogar de don Marcelo.

La empatía de don Marcelo no es casual. Hace unos siete años, él mismo trabajaba en el sector del transporte pesado y durante los conflictos de los “21 días” en Yapacaní (Santa Cruz) vivió en carne propia el desamparo que significa quedar varado. En aquella ocasión, una mujer de “buen corazón”, lo cobijó a él, a su esposa Ángela Apaza y a su bebé de un año Jhaslin, prestándoles una hamaca, comida y agua.

“Eso me acordé, por eso nosotros, junto a mi esposa, decidimos ayudar sin dudar, sin preguntar de dónde son, sin mirar raza ni color”, relata don Marcelo, padre de tres hijos, que se gana la vida con pequeños trabajos, así como ayudando a su suegro que posee un pequeño vehículo con el que cargan mercadería en esa zona fronteriza.

Por eso, cuando los hombres del volante le pidieron un pequeño espacio para cocinar, él no dudó en abrirles la puerta. Consultó con su esposa Ángela, quien también asintió de inmediato: “Que se cocinen allí, dales ese lugar”, le respondió en referencia al amplio patio que poseen, porque la vivienda no tiene muro perimetral. La casa de don Marcelo tiene tres habitaciones y a un costado duermen unos cuantos ladrillos que fueron utilizados después para armar el fogón con el que los choferes cocinaron sus alimentos.

Al principio eran 30 personas, pero pronto su patio se transformó en un cuartel de solidaridad que alimentaba a más de 200 choferes a diario. Sin pensarlo dos veces, instaló cables para que cargaran sus teléfonos celulares, habilitó una habitación con dos camas para emergencias y, sobre todo, garantizó el recurso más valioso: el agua.

“Del agua no me puedo atajar porque el agua es vida, el agua es de Dios. Él nos ha provisto, entonces yo puedo proveer también con ustedes” cuenta “El Yungueñito”. Compara las acciones de solidaridad y la manera en que alcanzaron los alimentos para ese “batallón de choferes” con el milagro que Jesús hizo con los cinco panes y dos pescados, un pasaje narrado en los evangelios.

La pequeña casa del comunario tiene una conexión al agua de una vertiente que baja cristalina desde un pequeño cerro que luce como protector del lago Titicaca, el espejo de agua más alto del mundo, distante a unos 500 metros de su vivienda.

Una convivencia plural convertida en familia

Lo que comenzó como un punto de auxilio se convirtió en una comunidad, organizada, caracterizada por una convivencia plural y diversa. Mientras, a cientos de kilómetros, las partes en conflicto, unas más radicales que otras, mantenían su pulseta sin poder llegar a acuerdos.

En el patio de “El Yungueñito” se encontraron realidades, acentos y orígenes de distintos rincones del país. Coexistían choferes de Cochabamba, La Paz, Sucre y Oruro. “Entre choferes nos conocíamos de vista, pero durante esa convivencia nos conocimos de verdad”, añade por su lado doña Nelly, quien se convirtió en “la madre de la olla común”.

“Sin ‘El Yungueñito’ no lo hubiéramos logrado”, afirma la cochabambina que siempre soñó con transitar las carreteras internacionales arriba de un camión, pero que jamás imaginó ser rehén de los bloqueos por casi de 50 días. Como ella, en mayo y parte de junio, entre 1.500 y 2.000 choferes estuvieron varados en la frontera con Perú.

Y mientras algunos jóvenes transportistas optaban por comprar bicicletas para volver a La Paz, otros —sobre todo los adultos mayores— decidieron quedarse a cuidar sus herramientas de trabajo, pese a que lidiaban con enfermedades de base que también mermaron su ánimo.

Pero las tensiones del encierro fueron superadas por la empatía y la diversidad sumó en lugar de dividir. “Yo me puse en los zapatos de ellos. Les dije: ‘Si ustedes sufren, igual yo voy a sufrir’, porque a la final somos hermanos y todos estamos bloqueados”, recuerda don Marcelo. La última noche juntos fue la más emocionante; antes de partir, muchos dejaron aflorar sus sentimientos y las lágrimas corrieron por sus mejillas como señal de alegría y agradecimiento.

Del volante al cuchillo

Los comensales armaron cada día largas filas para comer luego de cocinar.

Siendo más de un centenar los comensales, los transportistas se dividieron las tareas diarias: Mientras un grupo salía a comprar los escasos alimentos que llegaban a la frontera, otros se encargaban de preparar las verduras, pelar las papas, granear el arroz y recoger la leña para encender el fogón.

Con los días, el menú fue mejorando. Doña Nelly recuerda con emoción el rol que le tocó desempeñar: “Hasta he aprendido a cocinar, y de verdad lo más lindo que hemos vivido aquí ha sido la olla común; así hayamos sufrido, hemos tenido lindas experiencias”.

Para ella, la figura de don Marcelo fue fundamental en medio del abandono institucional: “El Yungueñito” ha sido un ángel para los del transporte pesado… Él nos acogió aquí, en este punto, porque al principio otros nos cerramos muchas puertas. Fuimos incluso a la iglesia… Entre nosotros nos hemos ayudado porque de nuestras autoridades no hemos recibido nada”.

Don Marcelo recuerda cómo uno de sus familiares, que son de Desaguadero, los invitaron a cosechar papa en sus sembradíos. Los choferes escarbaron y extrajeron los frutos con los que después cocinaron una tradicional huatía, enterrando los alimentos bajo piedras calientes y carbón.

La madrina de “Michelín”

La convivencia estrechó lazos tan profundos que el hijo menor de don Marcelo, Jhared, se convirtió en el protegido de todos los visitantes. Viéndole caer sin quejarse ni llorar durante sus correrías de niño decidieron apodarle “Michelín”, como la marca de neumáticos, “que aguanta todo, en todo terreno”.

Una semana antes de que se levantara el bloqueo, los transportistas organizaron una rutucha (bautizo andino de corte de cabello) y Nelly Avilés fue nombrada, formalmente, la madrina del pequeño.

“En realidad, todos fueron sus padrinos, a mí de madrina me han nombrado y bueno, a un angelito nunca se le debe negar. Nunca nos vamos a olvidar de esto”, asegura doña Nelly, quien ha retomado sus viajes hacia Lima, Perú, pero con la promesa de volver siempre a Desaguadero a visitar a su compadre.

El viernes 10 de julio, cuando don Marcelo atendía a este periodista, la comadre llegó de improviso desde suelo peruano, con regalos para su ahijado “Michelín”, quien ahora luce la cabeza rapada, después de la rutucha de junio, cuando cada mechón cortado era cambiado por unos billetes.

Una lección desde la frontera

La crónica de esos 51 días en Desaguadero es el retrato de cómo la solidaridad de un solo hombre puede activar la humanidad de toda una comunidad. Vecinos locales, la junta de distritos y personas que se enteraban de la situación por redes sociales comenzaron también a enviar víveres para sostener la olla común cuando los recursos escaseaban.

Mientras el sector del transporte pesado sigue pidiendo leyes que protejan sus derechos básicos y eviten que se les prive de agua o alimento durante los conflictos, la historia de Marcelo Arce Bolo queda como un testimonio de resistencia pacífica y generosidad pura.

“Yo lo hice sin pedir nada a cambio, solo porque hay que ayudar, así soy y eso me han enseñado, porque yo sé cómo sufren ellos”, cuenta entre lágrimas “El Yungueñito”, quien recibió promesas de ayuda por parte de sus nuevos amigos. Según la Cámara de Transporte Pesado en Bolivia, durante los 51 días de bloqueos fallecieron al menos tres choferes por complicaciones en su salud y la falta de auxilio oportuno.

Don Marcelo es un boliviano que, recordando su propio pasado, decidió no mirar de lado. Como bien resume él: “De nada sirve odiar, por eso Dios dice ‘ama a tu prójimo como a ti mismo’”. Hoy sigue viviendo frente a la carretera que durante semanas permaneció bloqueada, pero sabe que algo logró abrirse para siempre: el vínculo con cientos de personas que llegaron como desconocidos y se fueron llamándolo compadre. Su siembra en Desaguadero dejó una de las mejores cosechas de la frontera: una hermandad que ninguna carretera bloqueada podrá separar.

«Bolivianos por el dialogo y la paz social»

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