Reconstruir el tejido que nos une

Editorial

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Sumando Voces

Las carreteras ya no están bloqueadas. Los mercados están nuevamente abastecidos, los buses recorren las rutas sin interrupciones y la tensión que durante casi dos meses marcó la vida cotidiana comienza a ceder. Sin embargo, sería un error pensar que la crisis terminó cuando se levantó el último punto de bloqueo.

Las heridas más profundas no quedaron sobre el asfalto. Quedaron entre la ciudadanía.

Los más de 50 días de conflicto dejaron pérdidas económicas cercanas a los 3.000 millones de dólares, 22 personas fallecidas, según el reporte de la Defensoría del Pueblo y miles de familias afectadas. Pero también dejaron algo mucho más difícil de reparar: una sociedad más desconfiada, más fragmentada y más acostumbrada a mirar al otro desde el prejuicio antes que desde el reconocimiento.

Las crisis no crean las fracturas. Las revelan. Bolivia arrastra desde hace siglos profundas desigualdades sociales, económicas y culturales. A ellas se sumaron, en las últimas décadas, divisiones políticas, regionales e identitarias que con demasiada frecuencia se alimentan de discursos que simplifican al otro, lo etiquetan y lo convierten en adversario permanente.

Ese deterioro del tejido social tiene consecuencias concretas. Cuando dejamos de ver personas y comenzamos a ver estereotipos, el diálogo deja de ser posible. Entonces aparecen las sospechas, el miedo y la deshumanización.

Por eso, en Sumando Voces hemos optado por contar esas historias que rara vez ocupan los grandes titulares. Historias que ayudan a desmontar prejuicios, a reconocer la humanidad del otro y a tender puentes allí donde la polarización ha levantado muros. Porque reconstruir el tejido social también empieza por la manera en que contamos el país.

Durante años, el Distrito 8 de El Alto ha cargado con una imagen construida desde el prejuicio: pobreza, violencia, informalidad. Pero detrás de esa etiqueta existen vecinos que trabajan, emprenden, estudian, cuidan a sus familias y construyen comunidad todos los días. Personas que pocas veces tienen la oportunidad de contar quiénes son realmente.

Algo similar ocurre con la relación entre el campo y la ciudad. Con frecuencia se los presenta como espacios enfrentados, casi incompatibles. Sin embargo, basta observar el recorrido de un alimento para entender que ambos forman parte de una misma cadena. Lo que se cultiva en una comunidad termina en la mesa de una familia urbana. Lo que consume la ciudad sostiene la economía rural. Separarlos es desconocer una interdependencia que hace posible la vida cotidiana.

Reconstruir el tejido social comienza precisamente allí: en la capacidad de reconocer al otro más allá de las etiquetas.

Pero esa tarea no corresponde únicamente a la ciudadanía. También interpela a quienes ejercen responsabilidades públicas. Después de una crisis de esta magnitud, los gobiernos —en todos sus niveles— tienen la obligación de cumplir los compromisos asumidos, atender las causas estructurales del conflicto y recuperar la confianza mediante respuestas eficaces y transparentes. La democracia no se fortalece únicamente administrando las crisis; se fortalece evitando que vuelvan a repetirse.

Al mismo tiempo, las organizaciones sociales, los sectores productivos, la academia, los medios de comunicación y la sociedad civil están llamados a contribuir a un clima distinto. La deliberación democrática necesita voces críticas, pero también puentes. Necesita diferencias, pero no enemigos. Necesita desacuerdos, pero no deshumanización.

Quizá el mayor aprendizaje que dejan estos meses es que ningún país puede sostenerse indefinidamente sobre la lógica de la confrontación. Los bloqueos terminan levantándose. Las consignas dejan de escucharse. Pero los prejuicios permanecen mucho más tiempo si no somos capaces de cuestionarlos.

Bolivia necesita reconstruir carreteras, recuperar su economía y generar empleo. Pero necesita, sobre todo, reconstruir la confianza entre quienes la habitan.

Porque una democracia se mide por la fortaleza de sus instituciones, pero también por la capacidad de su gente para reconocerse como parte de un mismo país, incluso cuando piensa distinto. Ese quizá sea el desafío más difícil. Y también el más urgente.

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