La posesión de las nuevas autoridades territoriales debe convertirse en un augurio para arremeter con absoluta consciencia el seguir ampliando las posibilidades masivas de desarrollo que ofrece el turismo.
Respetando opiniones como las de Agustín Echalar que señala que «Creer que Bolivia puede vivir del turismo es una gran ingenuidad y proclamarlo es una enorme irresponsabilidad», ¡habemos quienes nos da la soberana voluntad de proponer vivir del turismo!
Es verdad que existen muchas limitaciones materiales para lograr ese objetivo, sin embargo, son mayores las potencialidades como para no ponerlas en valor y darnos un baño de realidad sobre lo que ya está construido. ¿Puede ser una irresponsabilidad apoyar a quienes han decidido invertir y trabajar para que el territorio boliviano sea un instrumento de producción de excedente económico y simbólico? ¿Podemos negar la existencia de una manifestación festiva en torno a la que discurre la cultura boliviana, y que se expresa en bailes, saraos, procesiones y convites gastronómico que se multiplican por todos lados? ¿Tenemos derecho de proponerle a las personas que, frente a la estupidez de unos bloqueadores, y a una lenidad eterna desde el poder, debemos convertir nuestros días en entierros y velatorios? ¿Podemos desaprovechar este momento en el que existe una interlocutora en el Órgano Ejecutivo con rango de ministro, y no apretar el acelerador para romper la irracionalidad y la inercia de la incapacidad?
Este juego de palabras con análisis elementales que nadie en su sano juicio puede estar en contra, es verdad que demanda pisar tierra firmemente para terminar de construir un imaginario que lo necesitamos asumido y fortalecido.
En la elaboración filosófica de la propuesta concurre, además de la riqueza objetiva del paisaje y la geografía, y la voluntad amigable de pueblos sonrientes que han invertido en sus entornos y capacidades, una condición material que ahora estamos en condiciones de poner en valor porque su resultado es evidente. Es verdad que, en todas las sociedades latinoamericanas, hay fiestas y celebraciones y la alegría no es patrimonio exclusivo de un pueblo. Sin embargo, es necesario decirlo, desde la Participación Popular en las celebraciones existe un padrino natural que vive en el territorio y alienta la cultura, llamado Gobierno Municipal, que contribuye con recursos que forman parte de sus competencias. Lo vemos en todo el país y adquiere carácter comparativo internacional durante los festivales de música barroca Misiones de Chiquitos; las orquestas alentadas por los alcaldes de las 19 sedes, no tienen una correlación en Paraguay, Argentina, Brasil y Uruguay, donde también se establecieron los jesuitas sin que, en esas misiones, en este momento, exista una manifestación similar.
Como este dato ha dejado de ser anécdota y los 343 gobierno locales y las 9 gobernaciones con sus nuevas autoridades han apostado discursivamente por el turismo, ha llegado el momento de terminar de construir el Estado Turístico que vienen proponiendo desde Camargo, Los Cintis y sus alrededores, quienes creen que esto es verdad. Es cuestión de escuchar a quienes, en las Rutas del Chaco, hace 10 años que han seguido con esfuerzo propio el camino de los ríos y nos enseñan la potencia del Pilcomayo desde El Angosto, accidente geográfico convertido en atractivo. Pero sería ingenuo e injusto no mencionar cada uno de los lugares en los que la gente se ha propuesto trabajar y producir dignamente, en todo el territorio nacional. Para no incurrir en olvidos, dejo abierto al lector que reivindique el suyo, y lo diga tan fuerte que no sea posible que el poder diga que no lo escuchó.
En cada uno de los espacios, hay un emprendedor, una comunidad, un empresario que ve con esperanza la posibilidad que esta vez, de verdad, sea tomado en cuenta y que repite, como en Tarija, “si no me ayudará, no me ponga trabas”.
Como no hay que dejar sólo al poder nacional, departamental y municipal en su tendencia al ensimismamiento y la ausencia de recursos, demandemos que este sea el año del Turismo Interno, que nos movamos en nuestro territorio y desarrollemos las capacidades que demanda el Mundo Mundial; este debe ser el tiempo para poner en valor lo que tenemos y podamos recibir al visitante con tolerancia y alegría, como corresponde a gente de bien que abre las puertas de su casa para celebrar juntos. Levantemos inventarios, recuperemos las festividades, y con sazón criolla, junto al café y brindando chaponato, chicha, rimpolio, vino y singani, organicemos esta fiesta que nos necesita a todos.
Como dice Jairo Escobar, para que la abeja produzca miel, necesita de miles de plantas con flores y polen en todo el territorio. Ese debe ser el tamaño de nuestra oferta.
Carlos Hugo Molina es director de innovación del CEPAD.
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