Imagen ilustrativa. Fuente: https://eldiario.com/
Gabriela Buada Blondell, directora de ONG Caleidoscopio Humano.
Guillermo Miguelena Palacios, director del Instituto Progresista-IPV.
Eduardo Marenco, oficial de incidencia de CIVICUS
Dos soles no pueden brillar bajo el mismo cielo. Esta frase, que la tradición histórica utiliza para explicar la relación entre Simón Bolívar y José de San Martín, los dos grandes libertadores de América Latina, vuelve 200 años después a sobrevolar el destino de la región. Mientras la geopolítica y la política local se llevan todos los focos, los defensores y activistas de derechos humanos continúan en la oscuridad, opacados por la incertidumbre, la ansiedad y el surgimiento de un nuevo régimen que, otra vez, los relega. El brillo del cambio económico no puede ni debe mantener a las libertades cívicas en un segundo plano.
Después de más de un mes de idas y vueltas, queda claro que todo cambia a nivel macro, pero para los ciudadanos a pie, esto está aún por verse. Un modelo de autoritarismo eficiente y eficaz puede utilizar la estabilidad económica como una renovada fachada. El riesgo es que la represión a gran escala mute a una alternativa más ‘selectiva’, pero igual de poderosa para servir como herramienta de control.
Hasta el momento, las consecuencias de la decapitación de la estructura gobernante de Venezuela permanecen inciertas, con diversos análisis intentando dilucidar los reales intereses de Trump, así como si la detención se traducirá en un cambio de régimen en Venezuela. Lo cierto es que los análisis que han dominado la agenda mediática han omitido referirse a las implicaciones que esto trae para el espacio cívico y las personas defensoras de derechos humanos en Venezuela.
El trabajo de los activistas aún permanece escondido, bajo el temor y las amenazas constantes. Su operación en las tinieblas ha permitido dar sustento a las investigaciones y al trabajo de los organismos internacionales, permitiendo unir la realidad de los territorios con el resto del mundo. La entrega del crudo a firmas globales no invita al optimismo, lo que refuerza la tesis de que una inserción plena en el mercado internacional no se traducirá necesariamente en beneficios tangibles para el pueblo venezolano.
Una «estabilidad sin libertad» amenaza no solo a Venezuela, sino que sirve de manual para otros regímenes en la región. El espacio cívico no tiene margen para soportar esta amenaza: 16 de los 35 países de las Américas restringen las libertades cívicas, según datos del CIVICUS Monitor. El deterioro de democracias consolidadas, como Argentina y Estados Unidos, solo demuestra la rapidez de la deriva autoritaria, marcada por el debilitamiento del Estado de derecho y crecientes restricciones a la sociedad civil independiente.
Esta mirada macro, reducida a la realpolitik del crudo y la seguridad fronteriza, ignora que la estabilidad de una región no se construye sobre contratos petroleros, sino sobre instituciones sólidas y el respeto a las libertades cívicas. El coqueteo con un ‘orden transaccional’ (donde se intercambia impunidad por flujo energético) envía un mensaje devastador a los autócratas del continente: los derechos humanos son una ficha de cambio, no un límite infranqueable, como ya lo demostró El Salvador.
¿Y las personas?
La tutela política y económica centrada en la estabilidad económica, control del aparato coercitivo y reactivación petrolera deja olvidadas las promesas de democratización y libertades cívicas. Los operadores políticos de un lado y el otro han eclipsado los titulares, dejando atrás a los cientos de presos políticos que aún permanecen en situaciones penosas bajo el poder del régimen autoritario. Las excarcelaciones avanzan de forma lenta, selectiva y opaca.
Está claro que no hay una política humanitaria estructural, sino que continúa una administración política de represión y castigo contra sus opositores. La propuesta de Ley de Amnistía no puede leerse como una apertura democrática ni como un gesto magnánimo del poder. Durante más de dos décadas, la amnistía fue una exigencia vetada y desacreditada, y si hoy aparece en la agenda, no es por convicción, sino por presión acumulada.
El sentido real de la medida dependerá de que alcance a los civiles, activistas sociales, políticos, dirigentes sindicales, policías y militares perseguidos mediante expedientes fabricados. Pero no basta con liberar: hay que desmontar el andamiaje de criminalización, limpiar archivos y enfrentar la impunidad de quienes ejecutaron violaciones masivas de derechos humanos. La amnistía no puede convertirse en un blindaje para los responsables. Todo depende de algo simple: que liberen a las víctimas, no que protejan a los victimarios.
La libertad a medias no es libertad. Incluso los presos políticos que son excarcelados continúan bajo medidas cautelares y sometidos a un proceso judicial. Al mantener medidas cautelares, presentaciones en tribunales y prohibiciones de salida del país, el régimen transforma a los excarcelados en rehenes bajo palabra. Es la estrategia de la ‘puerta giratoria’ perfeccionada: se vacían las celdas para aliviar la presión internacional, pero se mantiene el control psicológico y judicial sobre el individuo. El Estado no deja de perseguir; solo cambia los muros de concreto por un grillete burocrático que asfixia cualquier intento de retomar el activismo.
Es más, incluso bajo la esperanza real y concreta de las últimas semanas, el régimen ha seguido utilizando la opacidad, la incertidumbre y la ansiedad como forma de tortura. Las organizaciones de derechos humanos no dejamos de exigir transparencia en las excarcelaciones y el fin de las amenazas, el hostigamiento y los múltiples obstáculos legales. De igual manera continuamos, como la cigarra, con el trabajo diario. Es así que incluso recibimos nuevas denuncias de familias silenciadas con seres queridos presos hace más de un año, que de a poco intentan romper las redes de coerción establecidas.
El coqueteo de la comunidad internacional con la posibilidad de pactar con cualquier ‘sol’ que garantice orden y control, sin importar cuánta sombra proyecte sobre los derechos fundamentales, preocupa. Pero la historia nos enseña que el brillo de los autoritarios no alumbra, sino quema. Venezuela no necesita nuevos libertadores que operen desde la opacidad de los pactos macroeconómicos e intereses extranjeros; necesita un espacio cívico donde la disidencia (y lo que se perciba como tal) no signifique miedo y represión. Al final, no son los grandes líderes quienes definen el destino de una nación, sino la capacidad de sus ciudadanos de caminar bajo el sol sin miedo a quemarse.
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