Las noticias sobre estudiantes migrantes detenidos, deportados o incluso víctimas de crímenes en países que prometían oportunidades suelen centrarse en lo que ocurre después de la llegada. A mí, en cambio, me llevaron a pensar en un momento anterior y menos visible: el de la partida. No tanto en el destino, sino en el tránsito; no en el resultado, sino en la experiencia humana de dejar lo conocido y aceptar la incertidumbre de otro lugar.
Migrar para estudiar no es simplemente cambiar de ciudad o de universidad. Es dejar atrás una comunidad de reconocimiento: la familia, los afectos, los códigos compartidos, la lengua cotidiana. Es dejar las Alasitas, el carnaval, el anticucho, el majao o el Singani. Es, en definitiva, pasar de ser alguien conocido a convertirse, de pronto, en un desconocido. Hablar de esta experiencia no implica desconocer que se trata de una migración atravesada por privilegios materiales que no están al alcance de todos, pero incluso allí el desarraigo y la soledad no desaparecen. Detenerse en esta forma de migración tampoco significa minimizar la tragedia de quienes huyen por violencia o miseria, sino reconocer que existen múltiples formas de pérdida, algunas más visibles que otras.
Desde esta perspectiva, los derechos humanos deben ser comprendidos más allá de su dimensión técnica y jurídica. Los abogados, en la rutina y dinámica de nuestras actividades, nos convertimos en mecanógrafos de la desdicha. Me parece frío e incompleto limitarnos a los estándares de protección de derechos humanos o a las frías estadísticas sobre migrantes, si somos incapaces de explorar la realidad y complejidad humana de esta experiencia. La migración, por tanto, no puede reducirse a un “fenómeno” o a un “problema” técnico, sino que debe entenderse como una realidad humana compleja, atravesada por decisiones, pérdidas, rupturas, reconstrucciones y esperanzas.
En ese contexto, en aquellos países, el migrante aparece siempre como “el otro”. El migrante no es un problema a gestionar —como tristemente se observa hoy en ciertos países del “primer mundo”— sino un ser humano con historia, dignidad y contradicciones.
Decidir migrar implica abandonar una realidad familiar para enfrentarse a lo incierto; es romper con lo establecido para abrirse a la transformación. Søren Kierkegaard comprendía la angustia no como un defecto, sino como la antesala de la libertad: ese vértigo que surge cuando nos enfrentamos a la posibilidad de elegir sin garantías. Por eso me interesa tanto el proceso previo a la partida, pues, aunque permanecer en lo propio ofrece seguridad, no siempre garantiza libertad. Dar el salto —ese acto que a menudo es un salto de fe— conlleva riesgos, pero también la posibilidad de construir un yo más auténtico
En Bolivia, vivimos profundamente anclados en burbujas: familiares, sociales y culturales. Son espacios que nos otorgan identidad y pertenencia, pero que también pueden limitarnos. La crisis económica, la falta de oportunidades y la precariedad laboral han resquebrajado muchas de esas burbujas, obligando a miles a replantearse su lugar en el mundo. Comprender ese sentimiento de ruptura resulta fundamental si queremos abordar la migración desde una perspectiva verdaderamente humana.
Erich Fromm advertía que el ser humano moderno teme a la libertad, porque esta conlleva soledad y responsabilidad. Al romper con las cadenas del reconocimiento inmediato —familia, comunidad, nombre— el individuo puede sentirse pequeño, anónimo, casi inexistente. Esta experiencia se repite en muchos estudiantes migrantes bolivianos: la soledad al llegar, la sensación de no ser visto, de no importar. No es extraño, entonces, que muchos se refugien exclusivamente en su propia cultura, reproduciendo su mundo de origen como forma de protección.
Y, sin embargo, es precisamente en ese abismo donde ocurre la transformación más profunda e interesante.
El estudiante que por la tarde come fricasé y por la noche aprende a nombrar otros sabores en Madrid. El que planea ver una obra de teatro en París, pero antes de salir deja huevos en las esquinas de su cuarto “para que no le agarre la lluvia”. El que está por tomar un Uber para ir a ver un partido fútbol americano en Estados Unidos mientras su madre, a miles de kilómetros, lo cubre de rezos y plegarias en una videollamada. En esos gestos mínimos conviven la ruptura y la continuidad, la pérdida y la persistencia.
Migrar, en ese sentido, no es solo desplazarse geográficamente. Es una experiencia existencial que transforma al individuo y, al mismo tiempo, enriquece a las sociedades que lo reciben. No evita por sí sola el choque entre culturas, pero recuerda algo esencial: que, más allá de nuestras diferencias, compartimos fragilidades, miedos y esperanzas similares.
Por eso no veo a los estudiantes migrantes bolivianos y latinoamericanos únicamente como quienes rompen con la comodidad o la monotonía, sino como sujetos capaces de transportar cultura, sentido y experiencia. Algunos se quedarán; otros volverán. Pero todos regresan —de una u otra forma— transformados.
Hoy, cuando la experiencia migratoria vuelve a ser tratada con sospecha, castigo e indiferencia —cuando la detención, la expulsión y la invisibilización se normalizan— esta reflexión se vuelve urgente. No estamos frente a cifras ni expedientes administrativos, sino frente a seres humanos que ya atravesaron el vértigo de decidir, de perder y de reconstruirse.
Si los derechos humanos quieren ser algo más que un discurso normativo, deben partir de ahí. De reconocer que migrar es un acto profundamente humano, marcado por la fragilidad, pero también por la dignidad. La forma en que respondemos a esa experiencia no resolverá por sí sola la crisis migratoria, pero sí define quiénes somos como sociedad frente al sufrimiento ajeno. Y en esa respuesta —más que en cualquier tratado— se juega el verdadero valor de los derechos humanos.
Franco Albarracín es experto en Derechos Humanos
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