Entre volcanes y vicuñas: la vida de un guardaparque en la reserva Eduardo Abaroa

Desarrollo

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Yenny Escalante

Toribio Esquive, guardaparque. Foto: Yenny Escalante/Sumando Voces

A más de 4.000 metros de altura, donde el viento golpea con fuerza y el paisaje parece no tener fin, Toribio Esquivel Delgado ha pasado gran parte de su vida caminando entre lagunas de colores, volcanes y extensos desiertos. Tiene 64 años y desde hace casi 12 trabaja como guardaparque en la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Abaroa, en el sur de Potosí.

Su misión es cuidar uno de los lugares más impresionantes de Bolivia, un territorio donde habitan flamencos andinos, vicuñas y otras especies que sobreviven en condiciones extremas. “Siempre me ha gustado cuidar los recursos naturales dentro del área protegida. Es una zona intensa, muy grande”, cuenta a Sumando Voces.

Pero su relación con la reserva comenzó mucho antes de vestir el uniforme de guardaparque. Durante diez años formó parte del Comité de Gestión del área protegida, en una etapa clave en la que se impulsaba la ampliación del territorio. Ese proceso, recuerda, ocurrió durante el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada y permitió que la reserva creciera hasta abarcar zonas cercanas a las fronteras con Chile y Argentina.

Con el tiempo decidió asumir un rol más activo en la protección del lugar. Así empezó una rutina que lo llevó a recorrer algunos de los paisajes más remotos del altiplano boliviano.

La Reserva Eduardo Abaroa es hoy uno de los destinos turísticos más visitados del país. Cada año miles de viajeros llegan para ver la Laguna Colorada, los flamencos que se agrupan en sus orillas y los volcanes que dominan el horizonte.

Para Esquivel, observar la reacción de los visitantes es una de las partes más gratificantes de su trabajo. “Los turistas llegan de muchos países y se maravillan con lo bonito que es el lugar. Eso nos motiva a seguir cuidándolo”, dice.

Su trabajo, sin embargo, transcurre lejos de las rutas turísticas más transitadas. Los patrullajes pueden implicar recorridos de entre 10 y 20 kilómetros en zonas donde no hay señal telefónica ni servicios básicos.

El guardaparque Toribio Esquivel Delgado. Foto: Yenny Escalante Flores

En algunos sectores debe desplazarse en motocicleta o a pie para vigilar el territorio y verificar que no haya actividades ilegales, como la caza de vicuñas.

Las condiciones no siempre son fáciles. En ocasiones, los guardaparques trabajan con vehículos antiguos (motocicletas) o con recursos limitados para cubrir un territorio enorme. Aun así, Esquivel dice que la responsabilidad de cuidar el lugar pesa más que las dificultades.

A lo largo de los años también ha sido testigo de cambios importantes en la fauna del área protegida. “Antes había menos vicuñas. Ahora se ven más”, comenta con orgullo.

La vida de guardaparque también implica sacrificios personales. Los turnos suelen ser de 20 días continuos en el campo y luego 10 días de descanso, una dinámica que lo mantiene lejos de casa durante semanas.

Toribio es padre de siete hijos: seis varones y una mujer. Para él, cada regreso a casa después de varios días en la reserva es un momento especial. “A veces es difícil estar lejos, pero tenemos que trabajar para mantener a la familia”, dice.

A sus 64 años reconoce que el trabajo en un territorio tan amplio y exigente ya no es tan sencillo como antes. Sin embargo, cada vez que vuelve al altiplano y recorre los paisajes que conoce desde hace años, siente que su esfuerzo vale la pena.

En medio del viento, las montañas y las lagunas que cambian de color con la luz del día, Toribio Esquivel sigue cumpliendo la tarea que lo ha acompañado durante más de una década: cuidar uno de los paisajes naturales más extraordinarios de Bolivia.

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