El periodismo no está exento del machismo

Opinión

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Esther Mamani

El 28 de junio de 2013 Javier Méndez ahorcó y luego descuartizó a Sandra Camacho. Escondió su cuerpo en bolsas negras y las repartió por toda la ciudad de México. Decenas de voces salieron con asombro a decir que no lo podían creer pues el autor era un prolífico pianista, estudiante y campeón de Olimpiadas en ciencias exactas. ¿Cómo alguien tan virtuoso sería capaz de un hecho así?

La Paz, Bolivia: Una joven periodista de 25 años toma la decisión de acabar con su vida el 28 de marzo tras un vía crucis pidiendo justicia por violación. Nadia Apaza acusó a Alvaro Valero, fotoperiodista en La Paz, pero la justicia le cerró la puerta en la cara. Tuvo que morir para que le creyeran y para que el privilegio y ventaja del acusado terminara.

No solo la investigadora y el juez del caso sino todos y cada uno de los operadores de justicia y personal de salud en este proceso fueron indiferentes al dolor de Nadia. La joven tuvo que morir para que la atiendan y aún muerta es juzgada.

El caso estremece y llena de rabia en particular porque se trataba de una periodista, una como las compañeras que tengo y quiero.  Pero aunque la razón dice que el repudio del gremio periodístico iba a ser generalizado no faltaron las voces de quienes sintieron dolor por el que está recluido, pero no por ella que está en un cajón y bajo tierra.

 “¿Acaso él le ha pedido que se mate?”, vocifera un reportero, otro suma “además somos periodistas, cómo vamos a decir eso de uno de nosotros”. “Siempre hay una razón para vivir, cómo va a hacer eso”, aporta otra al nefasto ramillete de argumentos que concluyen con un largo pésame a la situación del acusado. Mundo al revés, donde la empatía y justificaciones están reservadas para los victimarios por el hecho de ser “conocidos”.

Este es quizás uno de los aspectos más dificiles: reconocer que tu hijo, tu padre, tu hermano, tu tío, tu amigo o tu colega de trabajo, por muy buena gente que se veía, es el agresor.  La violencia no es una excepción, sino una estructura. Los agresores no son monstruos ajenos, sino padres, amigos, parejas, hijos… Defenderlos por afecto es traicionar la verdad de los hechos. Romper esa ceguera es reconcer que la violencia está en nuestro entorno y que se condena y castiga, no se justifica.  

Unos minutos de raiting, unos miles de likes en facebook y cientos de comentarios dando viralidad no valen la credibilidad ni el prestigio de ningún medio que se precie de ser periodístico. La abogada del acusado, Mónica Irusta, es tan culpable de las acusaciones que lanzó contra Nadia, como el medio que le da todo el espacio sin ningún filtro ni empatía a la familia. La libertad de expresión es un bien tan preciado como el respeto hacia las audiencias.

Y como Álvaro hay otros agresores cerca. El periodismo no está exento del machismo. Coberturas donde los colegas aprovechan para acercarse al cuerpo de las compañeras, miradas lascivas, fotografías sin consentiemiento, chistes subidos de tono, saludos efusivos para intentar tocarnos y más ejemplos son prueba de que los agresores también pueden ser periodistas.

Sepan que estamos hartas, que vamos a dar nombres y apellidos de seguir con estas actitudes y sepan que no estamos solas, que pese a todas las justificaciones que lanzan no nos vamos a sentir amedrentadas sino fortalecidas en parar todos esos abusos. El ejercicio de nuestro trabajo tiene que hacerse en el marco del respeto e igualdad. Nadia no debió irse y si alguna otra colega está sufriendo acoso o violencia tenemos que denunciarlo sin que implique amedrentamiento ni miedo al qué dirán. Necesitamos canales de denuncia que conduzcan a la resolución del caso, no al miedo, vergüenza o condena.

Ryszard Kapuściński, crisol en periodismo, decía que para ser un buen periodista, primero hay que ser una buena persona, porque el oficio exige empatía, ética y un compromiso genuino con la verdad. Pero ser buena persona no significa cerrar los ojos ante la realidad cuando duele o incomoda. Así como el periodismo exige valentía para contar lo que otros callan, también nos desafía a reconocer que la violencia no siempre viene de extraños, sino de quienes creíamos “buenos”. Mirar hacia otro lado por afecto no es bondad, es complicidad.

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Esther Mamani es periodista, workaholic, especialista en género

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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