El machismo y las “carreras para mujeres”

Opinión

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Patricia Cusicanqui

Al inicio de la gestión escolar, como estos días, hay preguntas que, aunque se formulan en voz baja y con preocupación genuina, dicen mucho más sobre la sociedad que sobre la persona que las hace. En mi experiencia docente, tanto en el aula escolar como en la Universitaria, hay dos que se repiten con inquietante frecuencia: “¿Cuál es la mejor carrera para mi hija?” y “¿En esa carrera habrá más mujeres?”.

A simple vista, parecen preguntas normales de orientación vocacional. Pero no lo son. En realidad, son el síntoma de una verdad incómoda: el machismo sigue vigente en la elección de carreras de pregrado, y no como un rezago folklórico del pasado, sino como una estructura activa que organiza expectativas, miedos y decisiones familiares.

La primera pregunta suele venir cargada de una preocupación brutalmente realista: encontrar una carrera donde a la hija no le exijan “favores” para avanzar. La segunda busca una especie de refugio estadístico: si hay más mujeres en el aula, quizá haya menos riesgo, menos hostilidad, menos violencia. Ambas preguntas revelan lo mismo: muchas familias no están eligiendo solo una profesión; están tratando de administrar el peligro.

Y eso, por sí solo, debería indignarnos.

Todavía vivimos en una sociedad que divide las profesiones en categorías de género. A unas se las considera “propias” de mujeres, educación, enfermería, psicología, trabajo social, y a otras “naturales” para hombres: ingenierías, tecnología, matemáticas, física. Esta clasificación no tiene base biológica ni intelectual; tiene base cultural.

Se nos sigue enseñando, de manera explícita o sutil, que las mujeres “sirven” para cuidar y los hombres para producir, dirigir o diseñar. El resultado es una segregación que luego se traduce en desigualdad económica, reconocimiento desigual y techos de cristal. No hablamos solo de gustos personales: hablamos de expectativas sociales que condicionan qué se imagina posible para una mujer antes incluso de que ella elija.

En ese sentido, el machismo no siempre aparece como prohibición directa (“no estudies eso”), sino como una maquinaria más sofisticada: comentarios, advertencias, miedos heredados, ejemplos desalentadores, ausencia de modelos femeninos, y una cultura que castiga a quien se sale del guion.

Es cierto que en Bolivia hay avances importantes. Hoy más mujeres acceden a la educación superior y participan más en el mercado laboral que hace décadas. Eso es una conquista histórica que debe reconocerse. Pero sería ingenuo confundir acceso con igualdad real.

Que más mujeres entren a la universidad no significa que todas las carreras estén abiertas en igualdad de condiciones. Tampoco significa que el trato dentro del aula, los laboratorios o el mercado laboral sea justo. La persistencia de la subrepresentación femenina en áreas STEM y la discriminación posterior en el empleo muestran que el problema ya no es solamente entrar, sino permanecer, ser reconocida y crecer sin pagar costos adicionales por ser mujer.

En otras palabras: el patriarcado puede adaptarse. Puede tolerar la presencia de mujeres en la universidad, siempre que no alteren demasiado el reparto del poder, del prestigio y del salario.

La pregunta de los padres sobre “una carrera donde no le pidan favores” no surge de la paranoia, sino del conocimiento social acumulado. Es la forma en que una familia nombra, a veces torpemente, pero con razón, el miedo al acoso, al hostigamiento y al abuso de poder.

El gran problema es que en muchas universidades el acoso sexual no se vive como una anomalía institucional, sino como una experiencia que se normaliza, se minimiza y se silencia. Las estudiantes aprenden rápido qué profesor “es así”, qué oficina conviene evitar, qué denuncia “no prospera”, qué comentario “es mejor dejar pasar”. Y cuando una institución no protege, termina enseñando una lección devastadora: que la violencia forma parte del costo de estudiar y trabajar siendo mujer.

Por eso la conversación no debería centrarse en “qué carrera es más segura”, sino en por qué seguimos tolerando entornos académicos inseguros. Mientras esa pregunta no se vuelva central, el sistema seguirá trasladando la responsabilidad a las estudiantes y a sus familias: “elijan bien”, “cuídense”, “no se expongan”. Como si el problema fuera su decisión y no la impunidad.

De verdad la entiendo. Muchos padres y madres la hacen intentando proteger. Pero también hay que decirlo con claridad: si normalizamos que una mujer está más segura solo cuando está rodeada de mujeres, terminamos aceptando que ciertos espacios siguen siendo territorio hostil.

Eso tiene un costo enorme. Significa que la elección vocacional ya no se hace por interés, talento o proyecto de vida, sino por cálculo de vulnerabilidad. Significa que una joven puede descartar una ingeniería, una carrera tecnológica o un campo científico no porque no le guste, sino porque anticipa aislamiento, burlas, subestimación o acoso.

Y esa renuncia no es individual. Es una pérdida colectiva. Perdemos talento, diversidad, innovación y justicia.

Al mismo tiempo, también es importante reconocer que los hombres que ingresan a carreras feminizadas sufren estigmas y prejuicios. Eso confirma algo fundamental: la segregación de género empobrece a todos, aunque castiga de forma más dura y sistemática a las mujeres.

Una de las ideas más potentes para entender este problema es pensar que la creencia en “carreras para mujeres” y “carreras para hombres” funciona como un meme cultural: se transmite, se adapta, cambia de lenguaje, pero persiste. Ya no siempre aparece como mandato autoritario; ahora se disfraza de consejo, de prudencia, de experiencia, de “realismo”.

Así, el machismo convive perfectamente con discursos de igualdad. Se dice “las mujeres pueden estudiar lo que quieran”, pero luego se les advierte que en ciertas áreas “la van a pasar mal”. Se celebra su ingreso a la universidad, pero se duda de su capacidad para liderar, investigar o competir en campos prestigiosos. Se aplaude su esfuerzo, pero se les exige demostrar más, resistir más y callar más.

Ese es el rostro contemporáneo del machismo: menos explícito, más sofisticado, pero no menos eficaz.

Las universidades no son burbujas meritocráticas neutrales. Reproducen lo que la sociedad trae al aula: prejuicios, jerarquías, estereotipos y relaciones de poder. Pero también pueden convertirse en espacios de transformación real.

Eso implica mucho más que discursos institucionales o actos conmemorativos. Implica protocolos eficaces contra el acoso, formación obligatoria en género para docentes y autoridades, revisión de prácticas pedagógicas sexistas, currículos que no invisibilicen a las mujeres y mecanismos de apoyo concretos para la permanencia y proyección profesional de las estudiantes.

No basta con abrir la puerta de ingreso. Hay que garantizar que, una vez dentro, nadie tenga que elegir entre su dignidad y su carrera.

Cuando un padre pregunta cuál es la mejor carrera para su hija, la respuesta no debería ser el nombre de una carrera “segura”. No existe una carrera segura dentro de una cultura que normaliza la desigualdad. La respuesta debe ser otra: luchar por un sistema educativo y laboral donde ninguna mujer tenga que protegerse de la institución que debería formarla.

Y cuando preguntan si habrá más mujeres en el aula, quizá la mejor respuesta sea una pregunta de vuelta: ¿por qué seguimos aceptando que eso determine su seguridad?

La vocación no tiene género. Lo que sí tiene género, y aún demasiado, son los obstáculos, los riesgos y las violencias. Mientras eso no cambie, el machismo seguirá decidiendo, en silencio, qué carreras parecen posibles para nuestras hijas.

Misael Poper es activista

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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