El Edmand en el zapato del Rodrigo

Opinión

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Pedro Portugal

La expresión “piedra en el zapato” se utiliza para señalar aquello que causa molestia o dificulta el avance. Cuando se aplica a una persona, identifica a quien interfiere en determinadas tareas u objetivos. Hay quienes afirman que el vicepresidente Edmand Lara es la piedra en el zapato del gobierno, específicamente del presidente Rodrigo Paz.

Sin embargo, para resolver esa molestia conviene admitir que el problema suele estar, con frecuencia, más en el tipo de zapato o en el estado del camino que en la piedra misma. Cuando una piedrecilla se incrusta en el calzado suele ser porque la suela tiene agujeros o porque los cordones están mal atados, y no por pura “mala fe” del pedrusco.

Rodrigo Paz ganó las recientes elecciones nacionales gracias, en gran medida, a la figura de su vicepresidente. El voto popular y campesino apoyó esa fórmula porque se identificó emotivamente con uno de los candidatos. Ese tipo de simpatía se produce —sobre todo en situaciones históricas como la boliviana— cuando la multitud transfiere su identidad y sus anhelos a quien sintoniza social y culturalmente con ella. ¿Quién puede cuestionar que Edmand Lara representa a ese pueblo?

Lo anterior no significa que la figura de Rodrigo Paz haya sido indiferente para ese mismo pueblo. Si hubiera existido un rechazo visceral hacia él, Paz no habría ganado, aun estando acompañado de varios Laras. Sin embargo, es necesario admitir la importancia de la vertiente histórica que cada uno representa. Bolivia es un caso pendiente de descolonización, en el sentido histórico del concepto, y no en el galimatías posmoderno que la academia y los organismos internacionales intentaron imponer recientemente.

A partir de la llegada de Pizarro a Tumbes en 1532, las sociedades locales perdieron libertad y autonomía bajo términos coloniales que luego Europa impuso también en África y Asia. En esos continentes, la descolonización se dio bajo formas de liberación nacional y de constitución de nuevos Estados por parte de los colonizados. No ocurrió lo mismo en las Américas. Aquí, la llamada “liberación nacional” y la creación de nuevos Estados fue obra de los hijos de los colonizadores, quienes combatieron y expulsaron a sus propios padres. Se crearon Estados, pero no naciones reales: Estados disfuncionales y naciones ficticias, panorama que persiste hasta nuestros días y que se manifiesta en la exclusión y opresión de los pueblos originarios.

La historia de Bolivia es la historia de ese trance y de los esfuerzos por concluirlo. Rodrigo Paz puede avanzar hacia su resolución o retroceder en su deterioro. Edmand Lara es la personificación de un sector social que surgió de manera convulsiva en nuestra historia, guarecido y, al mismo tiempo, desamparado por los bandos en conflicto: el mestizo, el cholo. Un sector que con frecuencia agredió al originario para ser mejor aceptado por el criollo, o que se refugió en lo indio cuando constató que compartía la exclusión y la segregación.

El poder estuvo siempre monopolizado por un solo estamento social. Debe dejar de estar compartimentado y comenzar a ser verdaderamente compartido. El “otro” no puede servir solo para encumbrar: debe también dirigir. Indudablemente, Edmand Lara tiene deficiencias y limitaciones, pero estas fueron soslayadas e incluso justificadas durante la campaña. Hoy se las exhibe sin reparos, y ello repercute en las calles, cuando, a raíz de las últimas movilizaciones, se escuchan en boca de citadinos denuestos racistas contra los marchistas. ¿Será tarde para hacer avanzar nuestra historia hacia un destino común?

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Pedro Portugal Mollinedo es historiador, autor de ensayos y estudios sobre los pueblos indígenas, además de columnista en varios medios impresos y digitales.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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