Foto: A la izq. el canciller Fernando Aramayo; a la der. Ilan Goldfajn, presidente del BID. Extraída de El Alteño
La visita del presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Ilan Goldfajn, a Bolivia marca un punto de inflexión en la relación entre el organismo financiero y el país, luego de 15 años sin una misión oficial de este nivel. Más allá del gesto político, el anuncio de un paquete de financiamiento de hasta 4.500 millones de dólares para el periodo 2026–2028 revela una señal clara de respaldo internacional, pero también plantea exigencias concretas en materia de reformas, estabilidad y capacidad de ejecución.
Goldfajn subrayó que el apoyo del BID no se limita a recursos financieros, sino que incluye la movilización de inversión privada y la articulación con otros actores multilaterales y empresariales. En ese marco, el organismo apuesta por un enfoque integral que combine estabilización macroeconómica y crecimiento, con énfasis en sectores estratégicos como minería, energía, agronegocios y turismo. La reciente presentación de la plataforma “Bolivia Crece” se inscribe en esa lógica de acompañamiento técnico y financiero orientado a resultados.
Sin embargo, el respaldo del BID viene acompañado de condiciones explícitas. Goldfajn remarcó la necesidad de impulsar reformas que fortalezcan el clima de inversión, con especial énfasis en la seguridad jurídica y ciudadana, factores que —según el organismo— resultan clave para atraer capitales y dinamizar la economía. La premisa es clara: sin reglas estables y confianza institucional, el impacto del financiamiento será limitado.
Desde el Gobierno, el presidente Rodrigo Paz buscó despejar interpretaciones políticas y subrayó que los recursos comprometidos no son de libre disposición. Aclaró que los fondos estarán destinados a obras y proyectos específicos en áreas como empleo, salud, educación, infraestructura vial, agua potable y riego, así como al apoyo de sectores productivos y económicos vulnerables. En ese sentido, insistió en que el anuncio debe entenderse como un beneficio para el país y no como una victoria de un actor político sobre otro.
Según información oficial del BID, solo en el primer año se prevé un desembolso cercano a los 2.000 millones de dólares, enfocado en un programa de estabilización que priorice la protección de los sectores más vulnerables. Entre las acciones inmediatas figuran transferencias monetarias a hogares de bajos ingresos, en el marco de un esfuerzo multilateral orientado a la consolidación fiscal sin profundizar las brechas sociales.
El desafío ahora pasa por la capacidad del Estado boliviano de traducir este respaldo financiero en resultados concretos. El volumen del paquete anunciado es inédito en los últimos años, pero su impacto dependerá de la ejecución efectiva, la transparencia y la implementación de las reformas que el propio BID considera indispensables para sostener el crecimiento a mediano plazo.
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