Educación: Una niña, la naturaleza y una lección para el mundo

Opinión

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Rubén Ticona Quisbert

Hace unos meses atrás asistí a la despedida de una amiga cantante francesa en la propiedad de una familia boliviano–mexicana, ubicada en el municipio de Achocalla, en el departamento de La Paz. Algo que me llamó profundamente la atención, además de las carpas donde la familia cultivaba y cosechaba sus propios alimentos, fueron sus dos hijas. En especial la menor, de apenas seis años.

Al conversar con ella noté algo fascinante: tenía un pensamiento crítico muy desarrollado y una comprensión de la realidad sorprendentemente acertada para su edad, sin haber perdido su inocencia. Al hablar con su madre entendí la razón. El contacto cotidiano con la naturaleza y la educación impartida en su escuela donde les enseñaban a sembrar, cosechar y abordar temas ambientales como la importancia de la vida silvestre para el mantenimiento de los ecosistemas habían generado esas cualidades. A la niña se le enseñaba que cada animal o insecto cumple un rol fundamental en el mundo.

Esto se reflejaba también en otras capacidades: una notable habilidad para la oratoria y para instrumentos musicales como el piano o la guitarra, capacidades que también estaban muy desarrolladas en su hermana mayor de 15 años. Poco después conocí a la madre de uno de los amigos de la adolescente, quien estudiaba en la misma unidad educativa. De manera asombrosa, el joven poseía características similares. Sus padres hablaban admirados sobre la capacidad interpretativa de su hijo con la guitarra eléctrica, destacando su constante búsqueda de superación y su interés por explorar distintos subgéneros musicales.

Sin duda, las niñas de la familia boliviano–mexicana no eran un caso aislado.

Según el biólogo Edward O. Wilson (1984), los seres humanos tenemos una afinidad innata y biológica con el mundo natural, concepto que él denominó biofilia. Esta teoría explica cómo la niña fue generando una identidad ecológica al crecer en un entorno rural, no viendo a la naturaleza como algo externo, sino como parte de sí misma.

Existe otra teoría que respalda esta observación: la teoría de la restauración de la atención, desarrollada por Rachel y Stephen Kaplan (1989). Según estos autores, los niños que interactúan con la tierra y las plantas desarrollan una mejor función ejecutiva, es decir, una mayor capacidad para planificar, enfocarse y pensar críticamente. La naturaleza ofrece un tipo de estímulo: la fascinación que mantiene la mente alerta pero relajada, a diferencia de las pantallas de los teléfonos móviles, que generan sobreestimulación y ansiedad. Al no tener su atención agotada por estímulos artificiales, la niña presenta una mayor disposición cognitiva para el pensamiento crítico y la empatía.

La neurobiología también respalda la calidad educativa de su centro educativo mediante el aprendizaje por indagación. Al comprender los ciclos que engloban la naturaleza, causa y efecto, observación de variables y paciencia asociada a la recompensa de las semillas cultivadas, la niña desarrolló estructuras lógicas de pensamiento mucho antes que un niño que solo memoriza conceptos de un libro o se aísla en un dispositivo electrónico.

Asimismo, el psicólogo Howard Gardner (1995), en su teoría de las inteligencias múltiples, añadió la inteligencia naturalista como la octava capacidad humana. Esta se refiere a la habilidad de categorizar elementos del entorno, reconocer patrones y comprender sistemas complejos presentes en la naturaleza.

De manera igualmente reveladora, un estudio publicado por el doctor Christopher Lowry en la revista Neuroscience descubrió que el contacto con la bacteria Mycobacterium vaccae, común en la tierra y que los niños inhalan o absorben al cultivar, activa neuronas que producen serotonina en la corteza prefrontal. Este proceso funciona como un antidepresivo natural y potencia el aprendizaje.

Contrariamente a lo que podría pensarse, muchos altos ejecutivos y multimillonarios de empresas tecnológicas evitan que sus hijos crezcan con una interacción temprana y constante con dispositivos electrónicos. Un ejemplo es la existencia, en Silicon Valley (EE.UU.), de un centro educativo denominado Waldorf School of the Peninsula, donde aproximadamente el 75 % de los estudiantes son hijos de ejecutivos de las mayores empresas tecnológicas del mundo. Este centro no utiliza tabletas, computadoras ni pizarras electrónicas en primaria. Emplean lápices, papel, agujas de tejer y, sobre todo, tierra y barro. Se apuesta por esta forma de aprendizaje porque fomenta el pensamiento crítico y la creatividad que surgen de la interacción física y social, y no de una aplicación.

¿Qué tan importante es hoy la educación medioambiental para las nuevas generaciones? Además de las ventajas descritas, atravesamos momentos críticos a nivel mundial, donde potencias económicas desinforman y desacreditan el impacto ambiental negativo que genera la huella humana de carbono. El avance de la deforestación, la explotación minera, la contaminación del mar y de la tierra, y el tratamiento de especies nativas como plagas tras ser desplazadas de sus hábitats, evidencian una crisis profunda.

Necesitamos otra humanidad, una en la que cada ser humano sea responsable de las externalidades negativas que genera. Hoy nos comportamos como seres ajenos al medio ambiente, como si fuéramos extraterrestres incapaces de reconocernos parte del planeta y de los seres que lo habitan.

Si deseamos un mejor futuro para nuestros hijos, debemos reducir el tiempo que pasan frente a los teléfonos móviles. El scroll infinito y plataformas como TikTok actúan en la mente infantil de manera similar a las máquinas tragamonedas de los casinos. El cerebro de los niños, aún sin el desarrollo completo de la corteza prefrontal (encargada del autocontrol), se vuelve adicto a la respuesta rápida. Con el tiempo, pierden la capacidad de concentración, el hábito de la lectura y desarrollan una marcada intolerancia a la frustración. A esto se suma la exposición a información errónea, conceptos tergiversados y teorías falsas que distorsionan su comprensión de la realidad.

Formar niños conscientes y empáticos con la realidad, con la naturaleza y con los efectos de nuestras acciones sobre los ecosistemas no debe ser solo un tema pedagógico, sino una necesidad urgente para evolucionar como civilización.

Podemos brindarle al mundo una mejor generación, y no es complicado. No hagamos de nuestros niños y niñas seres fáciles de manipular. Porque eso es lo que buscan los grupos de poder: que consumamos irracionalmente, que deforestemos y que contaminemos sin cuestionar, y que al final solo terminemos siendo un peón en el tablero de ajedrez mundial.

Rubén Ticona Quisbert es economista y activista del colectivo Lucha por la Amazonia.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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