Rubén Ticona Quisbert
Recordando los tiempos de estudiante de colegio, viene a mi memoria la lectura obligatoria de aquellos años: “Las venas abiertas de América Latina”. Tras leerlo como si fuera la única verdad histórica, se despertaba en nosotros un sentimiento de rabia e impotencia, como si alguien agitara las aguas de un océano tranquilo. ¿Cuántas generaciones de estudiantes crecieron con esa perspectiva de la historia, inclinándose como consecuencia hacia posturas políticas de izquierda?
En Bolivia, desde muy niños, se nos enseña sobre todo lo que perdimos y lo que “hubiera pasado” si no hubiéramos cedido territorios a lo largo de nuestra existencia como nación. Crecemos con el papel de víctimas. Si nuestro país es pobre, se nos dice, es resultado del saqueo colonial, de las pérdidas territoriales o del imperialismo norteamericano. Si bien es necesario conocer la historia, es deplorable enseñarla desde una visión limitada. Esa educación genera resentimiento en la población hacia quienes poseen mayores recursos. Con el tiempo, aprendemos a culpar a quienes tienen más, dejando de lado la capacidad de asumir las consecuencias de nuestras propias decisiones y acciones.
Recordemos que no hace mucho, en el siglo XX, países como Alemania y Japón quedaron devastados tras la Segunda Guerra Mundial. Alemania, con Berlín en ruinas, perdió más del 20 % de su infraestructura industrial, sufrió hambruna, desempleo masivo y millones de desplazados. Japón, tras las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, vio destruido el 40 % de su aparato industrial, perdió a tres millones de personas y quedó en miseria generalizada bajo ocupación estadounidense hasta 1952. Con semejantes catástrofes, y siguiendo la lógica del resentimiento, estas naciones deberían hoy tener una política exterior y currículos educativos marcados por el antiamericanismo. Pero ocurrió lo contrario: son potencias industrializadas y socios estratégicos de Estados Unidos en lo político, económico y militar.
El punto de partida para que ambos países se recuperaran más allá del Plan Marshall fue la educación. Alemania, a partir de los años 50, creó un sistema dual que combinaba enseñanza escolar con prácticas en empresas, orientado hacia la educación técnica e industrial, con fuerte inversión pública y privada en ciencia e ingeniería. Japón, desde 1947, aplicó una educación igualitaria entre géneros, obligatoria por nueve años, con un currículo que fomentaba el pensamiento crítico y los derechos humanos. Al igual que Alemania, vinculó la educación a la industria y la innovación tecnológica, fortaleciendo universidades técnicas y la investigación en alianza con empresas.
En la actualidad, frente a los desafíos ambientales que enfrenta el planeta, los países deberían transformar sus sistemas educativos priorizando la preservación del medio ambiente y formando generaciones conscientes de la importancia de la fauna y flora para la existencia de la humanidad.
En Bolivia, con la Ley Avelino Siñani – Elizardo Pérez (2010), los principios que guían a la educación son: descolonización, despatriarcalización, lo comunitario, lo democrático, lo plurilingüe, lo inclusivo, lo productivo y holístico. En teoría, son pilares valiosos. La descolonización, por ejemplo, debería significar la recuperación de saberes ancestrales, la revalorización de las lenguas y la superación de la exclusión histórica. Sin embargo, en la práctica muchas veces se ha convertido en un discurso político que refuerza el papel de víctimas y genera resentimiento, en lugar de construir un horizonte compartido.
Como bolivianos debemos conocer nuestro pasado, tanto fracasos como triunfos, de manera equilibrada. Hacernos sentir permanentemente víctimas será siempre utilizado por el gobernante de turno como herramienta de control. El gran reto del próximo gobierno es crear un modelo educativo que priorice los logros y victorias alcanzados como nación, el reconocimiento y fortalecimiento de la diversidad cultural y étnica, y cuyos pilares estén orientados a la investigación, la ciencia y la conservación del medio ambiente. Con estos pilares construiremos una sociedad empática, solidaria y verdaderamente empoderada, que deje de mirar al pasado con resentimiento y empiece a proyectarse con esperanza hacia el futuro.
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Rubén Ticona Quisbert es e0conomista y activista del colectivo Lucha por la Amazonia.
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