El patriarcado lleva consigo una sabiduría perversa de siglos caracterizada por actualizarse y mimetizarse con una facilidad y velocidad impredecibles. Una de sus estrategias favoritas consiste en esconderse y manipular para así perdurar, desgastar, asfixiar y asesinar. En ese plan siempre se ha divertido con la rivalidad entre mujeres, con sembrar en sus relaciones la sospecha, la envidia, el prejuicio, mientras simultáneamente fortalece y festeja la fraternidad masculina, el brotherhood de quienes ritualizan su lazo de alianza con la sangre sacrificial de la mujer de turno.
El patriarcado como conjunto de creencias, también actúa en calidad de infiltrado bajo el rostro de una mujer; para él no es nuevo poder encarnar distintos cuerpos. Es esta práctica la que más daño nos está haciendo, de momento no sabemos qué es lo que exactamente promete esta posición a las mujeres que deciden sostenerla. Tenemos, por ejemplo, a Melania que se presenta como periodista y quien, en la más absoluta ignorancia, decide defender a un pastor abusador y a otros tantos, al extremo de agredir personalmente a las víctimas en una clara muestra de brotherhood por delegación; ella ejerce la fuerza física y verbal pública en nombre del violentador, como un matón a sueldo ¿su función? Deslegitimar a la víctima, instalar la duda y resguardar la reputación del agresor.
En otro caso, una mujer indígena, Julieta, mal llamada feminista, se amparó en el poder de un partido político de izquierda, misógino, protector de pederastas. Instrumentalizó una posición para, en total impunidad, posicionarse como referente en la región en calidad de académica, mientras en Bolivia elude desde hace diez años los procesos judiciales en su contra por violencia física, sexual y económica en contra de su expareja lesbiana y la hija de esta. La agresora, además, arguye que “la Ley 348 es solo para los hombres”. De esta forma, Julieta no solo ha usurpado y contribuido al vaciamiento progresivo del feminismo comunitario, sino que, con su rechazo y crítica conveniente a la aplicación de la Ley 348, usa el argumento del patriarcado y la lesbofobia para favorecer criterios antiderechos y conservadores, además de claramente beneficiarse de algún contubernio judicial para la retardación de justicia.
Un tercer caso muestra a cuatro docentes del posgrado en estudios e intervención feministas del Cesmeca Unicach en Chiapas, que fueron despedidas luego de sostener durante mucho tiempo demandas básicas para poder trabajar en espacios dignos y adecuados. La universidad sostuvo la indiferencia a sus reclamos con la finalidad de desgastarlas y cerrar el programa de intervención feminista. En esta tarea, cambiaron un rector hombre por una mujer afín a sus intereses y, cuando esto no fue suficiente, cooptaron a Susi una estudiante mujer indígena, militante además de un partido de izquierda conocido. Se instrumentalizó la identidad de una estudiante cuyos intereses y motivaciones quedaron en la opacidad, mientras las evidencias de toda la sororidad, respeto, impulso y oportunidades facilitados a ella por las docentes desde el posgrado quedaron al margen de toda viralidad.
Junto a la estudiante, se instaló una fuerte campaña de difamación que, irónicamente, sí tiene los fondos para financiar la circulación de su narrativa en medios, recursos que en menor medida ya hubieran resuelto de inicio el cambio de luminaria en las oficinas, el arreglo de sanitarios dañados y la dotación de un galón de agua para el recinto. La violencia psicológica fue constante, finalmente lograron destituir a las cuatro docentes mestizas.
Son tiempos oscuros, y son estas estrategias perversas las que nos toca desmontar; sabemos que no es suficiente ser mujer, lesbiana o indígena para ser feminista. Lo doloroso es que muchas de ellas se presten y empujen a la hoguera a todas aquellas que fueron valientes y nombraron a su agresor. De lo que ellas aún no son conscientes es de que, tarde o temprano, el mismo pacto patriarcal hará con sus vidas lo mismo que hizo con sus víctimas anteriores y no va a tener piedad.
Daniela Leytón Michovich es psicóloga política y cientista social.
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