Hay desastres que pueden medirse en toneladas, metros cúbicos, hectáreas, viviendas destruidas y animales muertos. Los informes pueden hablar de metales pesados, pasivos ambientales, contaminación de aguas y sedimentos. Todo se documenta mediante testimonios, reportes fotográficos, funcionarios que llegan, declaraciones oficiales y conferencias de prensa. Y las cifras que, con el tiempo, terminan convirtiéndose en estadísticas.
Pero detrás de cada desastre ambiental hay personas y vidas que no aparecen en los informes. Están los recuerdos, los proyectos y los pequeños planes cotidianos: una casa que se construyó con esfuerzo, un árbol que fue plantado para dar sombra, una hamaca donde alguien imaginaba descansar después de trabajar, o los animales que esperaban cada tarde el regreso de sus dueños.
En Andavilque, detrás de las toneladas de residuos mineros que descendieron desde El Kenko, estaba también la vida de Zaida Paillo.
Y quizá por eso contar lo que ocurrió en Andavilque exige dejar, por un momento, los números y mirar lo que quedó debajo de ellos.
La madrugada del 16 de marzo de 2025, la laguna artificial El Kenko, ubicada en el distrito minero de Catavi, municipio de Llallagua, sufrió una ruptura en su estructura de contención. El agua acumulada arrastró pasivos minerales hacia el río Andavilque y, desde allí, hacia la comunidad que lleva el mismo nombre.
Las primeras noticias hablaron de una “mazamorra”. La palabra parecía suficiente para describir lo que estaba ocurriendo: una masa de agua, barro y residuos que bajaba desde la parte alta y cubría calles, viviendas, cultivos y animales.
Aquella madrugada, una vecina relató que primero el lodo llegó hasta la cancha y luego comenzó a entrar en las casas. Quienes pudieron salir corrieron hacia las partes altas; otros no alcanzaron a sacar sus pertenencias.
Más de cuarenta viviendas fueron afectadas y decenas de familias tuvieron que ser evacuadas. También murieron cientos de animales. Los reportes iniciales fueron cambiando conforme se evaluaba la magnitud del desastre. Un año después, las autoridades hablaban de 60 familias afectadas, 20 de ellas de manera directa y 40 indirectamente.
Pero decir que una casa fue destruida no alcanza para contar lo que significa perderla.
Zaida había construido su casa con sus propios ahorros, junto a su esposo Franz. No era simplemente una vivienda: era el resultado de años de trabajo, de juntar dinero, de comprar materiales, de imaginar dónde poner cada cosa y de construir, poco a poco, un lugar que pudieran llamar suyo.
En aquella casa, Zaida había plantado álamos, pinos, flores, rosas y lirios. Ella y Franz tampoco tenían hijos. Como muchas parejas jóvenes de estos tiempos, habían construido su familia de otra manera. Su familia estaba también en los animales que habían cuidado juntos: dos perros y cuatro gatos, a quienes querían y trataban como hijos.
Ese detalle puede parecer pequeño frente a una tragedia ambiental, pero no lo es. Porque cuando la casa de Zaida fue destruida por la mazamorra de pasivos ambientales, también desaparecieron los lugares donde guardaba su cotidiana vida.
El árbol que plantó, las flores que cuidaba con esmero, el lugar donde dormían sus perros, el lugar donde estaba la pelotita hecha de nailon e hilo que era para que jueguen los gatos.
La fotografía de sus padres o los libros que se hizo autografiar con su autor favorito que guardaba en un cajón. El título de bachiller y de profesional. Su ropa, el vestido o los zapatos que tanto le gustaban.
Todas aquellas cosas que no tienen valor económico para nadie más, pero que para ella y que significaban una vida entera.
Los pasivos ambientales no se llevaron solamente una casa y la tragedia de Andavilque tampoco comenzó aquella madrugada. Comenzó mucho antes.
El Kenko era un depósito de pasivos minerales que provenían de la antigua actividad minera. La propia COMIBOL reconoce que esos pasivos se remontan al siglo XX y los vincula con la minería antigua del estaño, de la época de Patiño. Después del desastre, la estatal explicó que la intensa precipitación provocó la ruptura de una parte de la base de contención y el arrastre de agua y residuos mineros hacia el río Andavilque.
Por eso, hablar de Andavilque como si se tratara simplemente de una inundación provocada por una lluvia extraordinaria resulta insuficiente. Estoy convencida de que la lluvia fue el detonante.
Porque debajo de aquella lluvia había décadas de pasivos mineros, residuos de una actividad económica que produjo riqueza, empleo y desarrollo minero para distintas generaciones, pero que dejó también una deuda ambiental que atravesó el tiempo.
Una deuda que nadie saldó completamente y que terminó cayendo sobre una comunidad rural, llegando hasta la puerta de Zaida.
Después del desastre comenzó otra historia: la de los damnificados. Los que tuvieron que dormir en casas prestadas, quienes perdieron sus documentos y pertenencias y quienes dejaron de tener un lugar propio.
Seis meses después, en septiembre de 2025, ANF informó que las familias continuaban sin viviendas y que las promesas de reconstrucción no se habían concretado. Los damnificados denunciaban que la contaminación del suelo y del agua impedía simplemente volver a reconstruir como si nada hubiera ocurrido.
En marzo de 2026, un año después, Zaida seguía viviendo en una casa prestada de un familiar de su esposo. Ella misma denunció que las promesas estatales no se habían cumplido y pronunció una frase que resume mucho más que la pérdida de una vivienda:
“No solo perdimos nuestras casas, también nuestra forma de vivir”.
Antes del desastre, Andavilque era un pequeño valle productivo donde se cultivaba papa y oca y se criaban camélidos y ovinos. Después del desastre, esa base económica y comunitaria quedó profundamente afectada.
En enero de 2026, visité la comunidad de Andavilque y, por casualidad, también celebramos el cumpleaños del esposo de Zaida. Pese a lo que había ocurrido, ellos habían intentado retomar sus vidas, trabajando, gestionando reuniones y, elementalmente, manteniendo la esperanza; aquella que siempre nos sostiene a los bolivianos cuando las cosas se ponen feas.
En el cumpleaños de Franz, ese día olvidamos por un momento el desastre y la tragedia. Sonreímos, charlamos, comimos asado, tomamos algunas cervezas, cantamos y Franz sopló su torta.
Del desastre del 16 de marzo habían logrado recuperar una gallina de las muchas que tenían antes del desastre y también a un pequeño perro negro, un “chapa”, que había sobrevivido a la mazamorra. Lo mostraban con orgullo: “A estos los hemos logrado rescatar de la mazamorra”, decían contentos los comunarios.
Pero quedaron medio traumados, igual que las wawas —dijo Franz—. El perro tenía miedo de los truenos y la única gallina que caminaba ponía los huevitos más pequeños que antes del desastre. Yo no lo creía hasta que me mostraron uno.
Quizá porque, para los animales, como para los comunarios y comunarias, los sonidos fuertes ya no significaban simplemente una tormenta.
Y mientras conversábamos, Zaida y Franz me preguntaban cómo podían hacer para conseguir nuevamente una vivienda. Cómo podían presentar una demanda. Cómo podían lograr que el Gobierno los escuchara. Cómo podían hacer para que las promesas dejaran de ser promesas.
Yo maquinaba en mi cabeza un montón de vías legales acompañadas de litigio estratégico. Les expuse muchos planes y quedamos en que íbamos a intentar reclamar sus casas.
Cuando volví, pasaron muchas cosas que me impidieron contactarme de manera más fluida con ellos. Sostuvimos una reunión con SOPE y teníamos que viajar a Andavilque en agosto.
Pero llegó la noticia.
En julio de 2026, Franz, el esposo de Zaida, murió.
Murió después de haber sobrevivido al desastre, después de haber perdido su casa, después de haber intentado reconstruir su vida, después de haber hablado sobre cómo volver a reclamarla…
Zaida tuvo que afrontar otro duelo, porque, aunque pocos lo entiendan, ella estaba pasando el duelo por los gatos y perros que perdió en el desastre, por sus flores y por los álamos que había plantado y cuidado con tanto esmero.
Ahora le toca llorar por Franz.
Hay pérdidas que no caben en un informe ambiental. No sé si alguna estadística podrá explicar lo que significa perder a seis animales que fueron parte de tu familia y, después, perder al compañero con quien construiste la casa que también perdiste.
Quizá por eso quería dedicar mi primer artículo de opinión en Sumando Voces a este tema, porque cuando hablamos de “damnificados” corremos el riesgo de convertir a las personas en una categoría administrativa.
La Zaida no solo es una damnificada, la Zaida es la Zaida: una mujer que tenía sueños, una casa que construyó con todos sus ahorros, que plantó sus árboles, que cuidó a sus perrihijos y gatihijos y que compartió una vida con Franz.
He estado pensando mucho en aquella tarde de enero: en Zaida, en Franz , en el asado y la cerveza, en los animales que lograron salvar de la mazamorra.
Y pienso en lo cruel que puede ser la vida, porque mientras nosotros hablábamos de cómo reconstruir una vivienda, el tiempo todavía les tenía preparada otra pérdida.
Hoy Zaida tiene que reconstruirse otra vez, no solamente por la casa ni por los animales, sino también por Franz, su compañero, el amor de su vida.
Y mientras ella intenta hacerlo, la pregunta permanece:
¿Hasta cuándo una comunidad tendrá que seguir pagando las consecuencias de pasivos ambientales que fueron acumulándose mucho antes de que sus habitantes actuales pudieran decidir sobre ellos?
Potosí no puede seguir acostumbrándose a que sus territorios sean zonas de sacrificio ambiental.
La riqueza extraída del subsuelo no puede medirse solamente en regalías; también debería medirse en las responsabilidades que asumimos por aquello que dejamos atrás.
El desarrollo no consiste únicamente en saber cuánto podemos extraer de la tierra; consiste también en saber cuánto estamos dispuestos a cuidar después de haber extraído.
Y quizá la deuda más grande de la minería no sea solamente económica, sino una deuda con quienes heredaron los pasivos y perdieron sus casas, con quienes tuvieron que abandonar sus comunidades y con quienes todavía esperan, como Zaida…
Angela Jhoset Uzuna Bobarín es abogada potosina independiente, de origen quechua. Desertora de las becas del Alto Comisionado de las Naciones Unidas y escritora aficionada. Abogada por profesión, antiacadémica por vocación.
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