Lamento decepcionarle, pero no me voy a concentrar en el famoso asesor presidencial porque su existencia es solo una desgraciada anécdota. Bien pudo ser él o cualquier otro sociópata e inescrupuloso de derecha o izquierda. Le propongo, en cambio, concentrarnos en una pregunta más importante: ¿Qué hizo posible que, en algún momento, se considere buena idea incorporar a esta gente y sus empresas en la dinámica electoral y democrática? ¿En qué momento consideraron que era innovador o valioso contratar servicios de bulos y sentirse orgullosos por eso? ¡Es más! ¿Qué hace siquiera posible considerar a este tipo de ocupación una profesión? Vea nomás los anuncios de consultoras o “academias” para formar en “marketing político” y la vara de tolerancia generosa de parte de los órganos electorales, que no tienen la capacidad, el interés y la normativa para poder ejercer su trabajo, que es proteger la integridad democrática y resguardar a la población en general ¡Para eso les pagamos!
Una de las explicaciones de la emergencia de estos actores es justamente el espacio abandonado, vacío, que deja el hecho de no contar con partidos políticos consistentes, sino partidos o siglas de alquiler. Estos son tan débiles que no cuentan con la capacidad de convocatoria, ideología, práctica militante, no pueden plantear un diseño de gestión y menos un horizonte de país, no saben cómo gestionar su reputación. Su lenguaje, en cambio, es la persecución política, el tráfico y venta de información, la escuela de operadores dudosos, la captura estatal y el uso de su infraestructura para negocios personales, para la intimidación y el clientelismo como base de relacionamiento.
En tiempos de sopas instantáneas y comida chatarra, de desprecio por el proceso y el esfuerzo, comprar servicios de matonaje digital (hasta hace poco con guerreros digitales y ahora con la contratación de empresas privadas) para administrar la atención masiva y la emocionalidad se convierte en la catapulta. Este dispositivo es capaz de elevar a cualquiera que tenga el dinero para pagar, que esté interesado en desplazar todo tipo de reflexión, explicación, rendición de cuentas o razonamiento, que le sirve para evitar hacer su trabajo y sostenerse en el cargo de la administración de lo público.
También entra en juego la falsa creencia de considerar a estos operadores sujetos de saber solo por utilizar datos y programar, cuando hasta eso se puede direccionar y tergiversar con la intencionalidad del diseño y de la interpretación. Ya conversamos de eso en artículos pasados, cuando analizamos las encuestas y su rol en la política.
Estamos frente a la naturalización de los “servicios electorales” “servicios de gestión digital de la comunicación” ¿Motivo de orgullo? ¿No le parece insultante ver a estas personas admitir en conferencias que con un celular se puedo manipular a segmentos poblacionales?
Le pregunto a usted: ¿Le parece normal y justo ser tratado como un dato manipulable, un objeto a direccionar? ¿Considera que esto es inevitable, que así se gestiona el poder ahora: con granjas de bots, o con el estilo mafia italiana o narco-cultura? Si su respuesta fue afirmativa o quiso sostenerse cínicamente desde la realpolitik, tenga cuidado porque entonces puede que esté fascinado con la impunidad, la “viveza criolla”, la corporativización, el clientelismo y toda esa cultura depredadora y criminal. Si ha respondido afirmativamente, tal vez sea porque desconoce que existen otras formas de ejercer el poder político de manera profesional sin ser un aliado del crimen organizado.
Nosotros como ciudadanos, hacemos parte de la construcción democrática y eso implica ser críticos, no dejarse deslumbrar por cualquier fulano (a) mediático o empresa que administre datos o sepa programar. Por favor, no lo permita y oriente a sus hijos para que comprendan que trabajar en marketing político o ser un sicario digital no es motivo de orgullo, sino de vergüenza, porque son nuestros valores, es nuestra cultura política lo que junto con los límites institucionales los que promueven la transformación social.
Finalmente, tome en cuenta que delegar la capacidad de pensar y decidir a empresas privadas de dudosa o ninguna ética implica correr el riesgo, sin retorno, de permitir que sean familias, mafias y gobiernos aliados con transnacionales, por las que nunca votamos y que tal vez nunca conoceremos, los que definan nuestra vida y nuestro futuro. La tarea también es suya.
Daniela Leytón Michovich es psicóloga política y cientista social.
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