Donde todos cuentan: Luis Alberto Pabón «A», el colegio que convirtió la educación inclusiva en su razón de ser

Desarrollo

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Yenny Escalante

Unidad Educativa Luis Pabón A. Foto: Cortesía Anibal Tarifa

La primera pregunta que suelen hacerse muchas familias cuando reciben el diagnóstico de discapacidad de un hijo o hija no tiene que ver con medicamentos ni tratamientos. Es una pregunta mucho más cotidiana y angustiante: ¿dónde va a estudiar?

Para decenas de madres y padres, la respuesta ha llegado en un colegio pequeño, casi escondido entre las calles de la zona norte de La Paz, cerca de la plaza Río Seco. Allí funciona la Unidad Educativa Luis Alberto Pabón «A», una escuela pública que durante los últimos años se ha convertido en un refugio para estudiantes que alguna vez escucharon que no había espacio para ellos.

Para la comunidad educativa, este año tiene además un significado especial. El colegio celebró recientemente su 67 aniversario, una fecha que inicialmente debía conmemorarse el 27 de mayo, pero que fue postergada debido a los conflictos sociales. Los festejos se realizaron la semana pasada y reunieron a estudiantes, docentes y padres de familia en una celebración que reflejó el espíritu de inclusión que caracteriza al establecimiento.

«Este es el hogar de aquellos estudiantes que muchas veces no son aceptados en otros colegios», dice Aníbal Tarifa, director de la unidad educativa.

Lo afirma sin dramatismos, pero con la certeza de quien ha visto llegar a madres y padres cargando frustraciones acumuladas tras recorrer varias escuelas en busca de una oportunidad para sus hijos. Algunos estudiantes tienen síndrome de Down, otros viven con trastorno del espectro autista, algunos presentan discapacidad auditiva o dificultades de aprendizaje, también hay adolescentes provenientes de hogares de acogida y jóvenes que enfrentan problemas familiares o económicos. Todos tienen algo en común: encontraron una puerta abierta.

La historia de este colegio es también la historia de una transformación. Cuando Tarifa llegó a la dirección, hace tres años, encontró una unidad educativa con pocos estudiantes y con un futuro incierto. Durante muchos años había trabajado con jóvenes vinculados a un centro penitenciario cercano, pero esa población se había reducido considerablemente.

La matrícula bajaba y el colegio parecía condenado a desaparecer, entonces surgió una pregunta que cambiaría el rumbo de la institución: ¿por qué no abrir las puertas a quienes estaban siendo excluidos del sistema educativo? La decisión no fue sencilla.

La educación inclusiva exige más trabajo, más preparación y más compromiso, significa adaptar contenidos, modificar evaluaciones y comprender que cada estudiante aprende a un ritmo diferente. Pero la comunidad educativa decidió asumir el reto. Hoy, de los 67 estudiantes matriculados, el 22,6% tiene algún tipo de discapacidad. La cifra puede parecer pequeña, pero representa uno de los porcentajes más altos de inclusión dentro de una unidad educativa regular en la ciudad.

Aprender desde la felicidad

La filosofía del colegio rompe con una lógica habitual en el sistema educativo, ya que aquí el aprendizaje no comienza con los libros, comienza con el bienestar emocional. «Primero buscamos que el estudiante sea feliz y luego que aprenda», explica el director.

La premisa parece simple, pero ha cambiado la forma en que se desarrollan las clases. Muchos de los jóvenes llegan arrastrando experiencias de rechazo, baja autoestima o situaciones familiares complejas. Por eso, antes de exigir resultados académicos, los docentes trabajan para generar confianza y sentido de pertenencia.

Los profesores han tenido que reinventar sus estrategias, cuenta el director. Las evaluaciones no son iguales para todos, los contenidos se adaptan según las capacidades y necesidades de cada estudiante. Por ejemplo, un adolescente con síndrome de Down no necesariamente seguirá el mismo ritmo académico que sus compañeros, pero puede desarrollar habilidades prácticas para desenvolverse en la vida cotidiana: aprender a manejar dinero, realizar compras, identificar precios o leer textos sencillos.

«No se imagina cómo baila», relata con emoción el director de esta unidad educativa. La meta no es compararlo con otros estudiantes, sino fortalecer su autonomía.

Cuando la inclusión se vuelve experiencia

Desde un balcón que da al patio, Tarifa observa con orgullo una escena que se repite constantemente: estudiantes con discapacidad compartiendo actividades deportivas con sus compañeros. En ocasiones, quienes no tienen discapacidad juegan fútbol con los ojos vendados para conocer la experiencia de quienes no pueden ver. La intención es sencilla: que experimenten por unos minutos cómo percibe el mundo una persona con limitaciones visuales. El resultado suele ser revelador. La actividad elimina barreras invisibles, fomenta la empatía y fortalece la convivencia.

Lo mismo ocurre en música, danza y teatro. «Ellos tienen talentos impresionantes», cuenta el director. Hay estudiantes que destacan por su sentido del ritmo, otros por su creatividad y algunos por habilidades que muchas veces pasan desapercibidas en entornos educativos tradicionales.

La escuela funciona gracias a una red de apoyo que va mucho más allá de los docentes, pues los padres de familia participan activamente en la vida escolar. Han donado equipos, colaboran en actividades y organizan encuentros deportivos y recreativos.

Después de los partidos de fútbol, por ejemplo, es habitual que compartan refrescos de linaza, buñuelos o platos preparados en casa. Son gestos sencillos que fortalecen el sentido de comunidad. «Eso ha hecho único a este colegio», asegura Tarifa.

La unidad educativa también recibe estudiantes del Hogar Arcoíris. Debido al reducido número de alumnos por curso —entre diez y quince— los maestros pueden realizar un seguimiento cercano de cada caso. Saben quién faltó, quién llegó tarde, quién necesita apoyo adicional y quién atraviesa dificultades personales.

Pese a los avances, la inclusión enfrenta limitaciones concretas. El edificio tiene tres plantas y carece de infraestructura adecuada para estudiantes con discapacidad física, no existen rampas suficientes ni espacios totalmente accesibles. Algunas instituciones y autoridades comprometieron apoyo para realizar mejoras, pero varias de esas promesas todavía no se han concretado.

La situación también evidencia una realidad más amplia. Aunque Bolivia cuenta con normativas que garantizan el derecho a la educación inclusiva, muchas veces los recursos necesarios para hacerlas realidad son insuficientes.

Un ejemplo es el caso de una estudiante con discapacidad auditiva profunda. El sistema educativo no proporciona un intérprete permanente de lengua de señas, por lo que la familia decidió contratar uno de manera particular para que la acompañe tres veces por semana.

Paradójicamente, el mismo colegio que hoy es reconocido por su trabajo inclusivo estuvo durante años bajo observación debido a su baja matrícula e incluso se planteó la posibilidad de cerrarlo. Tarifa afirma que la defensa de la unidad educativa se apoyó en la legislación que protege el derecho a la educación de poblaciones vulnerables, y así, el esfuerzo dio resultados.

Hace pocos días, la Dirección Departamental de Educación emitió una resolución reconociendo al establecimiento como una experiencia modelo de inclusión educativa. Para la comunidad escolar, el reconocimiento representa mucho más que un documento administrativo, es la validación de un proyecto construido contra la corriente.

Mientras en muchas escuelas las familias continúan denunciando obstáculos para inscribir a estudiantes con discapacidad, la experiencia del Luis Alberto Pabón «A» demuestra que la inclusión no depende únicamente de normas o discursos, depende de voluntad, depende de docentes dispuestos a aprender nuevas formas de enseñar, depende de padres que entienden que la diversidad enriquece el aula, y depende de autoridades capaces de respaldar esos esfuerzos con recursos concretos.

Antes de terminar la entrevista, el director lanza un mensaje que resume la filosofía de la escuela. «No excluyamos, incluyamos. Todos somos iguales y todos tenemos derecho a estudiar». En un sistema educativo donde todavía existen barreras visibles e invisibles para miles de estudiantes, esas palabras adquieren un significado especial. Porque en este pequeño colegio de la zona norte paceña, la inclusión no es un proyecto piloto ni un lema escrito en una pared, es una práctica cotidiana, y para decenas de familias, también es una esperanza.

Mira la entrevista realizada al director Aníbal Tarifa:

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