Los hechos de violencia producidos anteayer en la ciudad de La Paz deben ser rechazados vehementemente por toda la población, no solo paceña sino boliviana. No es posible admitir que energúmenos, a título de “ponchos rojos”, cobistas o lo que sea, agredan a pasajeros de un minibús o a periodistas que cubren la información, como sucedió anteayer en la mañana. No se puede tolerar que dos policías, aimaras como sus agresores, sean golpeados salvajemente, como ocurrió en la estación Camacho del Teleférico Celeste. No pueden darse hechos como los intentos de toma de estaciones del teleférico (por las cuales, por lo demás, se desplazan los violentos) o destrozo de vehículos con piedras como ha sucedido.
¿Es razonable que, porque la administración de justicia en Bolivia es desastrosa, se asalte y destruya el edificio en que funcionan los juzgados? ¿Está bien que los energúmenos asalten y roben una óptica ubicada en pleno centro de La Paz? ¿Debemos aplaudir la quema de un vehículo policial solo porque hay policías corruptos?
¿Qué daño ha hecho a La Paz a los energúmenos para sufrir un cerco que impide a su población contar con alimentos, combustibles, medicinas y oxígeno?
Los ilusos dirán que se trata de la revolución, pero, cuando se examina las razones por las que está ocurriendo, se llega a la evidencia de que no hay tal, que no se está viviendo una crisis general nacional, caracterizada por un punto de quiebre en el cual hay una clase dominante que ya no puede mantener su dominio absoluto y las clases populares construyen un contrapoder. ¡No, señor! Se trata de los intentos de un sujeto que, luego de haber permanecido en la presidencia durante casi 14 años, no se resigna a vivir como un ciudadano común y quiere, de cualquier manera, retornar al poder para seguir haciendo de las suyas. Y de sus adulones más cercanos.
¿Qué proyecto alternativo de organización de la sociedad y el Estado proponen los violentos? Ninguno. A lo largo de los años que gozaron del poder, excluyeron a quien pensaban diferente, mantuvieron en la pobreza a quienes decían representar, destruyeron la formidable organización popular que caracterizaba a Bolivia, crearon una nueva clase de millonarios con dinero mal habido, violaron los derechos humanos a diestra y siniestra, pusieron a Bolivia al servicio de potencias externas como Irán, China y Rusia, pretendieron eternizarse en la silla presidencial y otras sillas menores pero rendidoras, apoyaron a regímenes dictatoriales como los de Cuba, Nicaragua, Venezuela, Corea del Norte o a teocracias igualmente dictatoriales como la de Irán; mantuvieron, incólume, el capitalismo que decían combatir.
El profeta de la muerte, bautizado como “Carnicero místico de Pando”, por los sucesos de El Porvenir el año 2008, ha reaparecido en redes sociales pregonando que el “rito del bloqueo se alimenta de sangre” y ha vuelto a empujar a las bases a empuñar palos y piedras, mientras él y su jefazo ven, desde atrás y cómodamente instalados, lo que sucede, a la espera de la muerte de uno de los suyos, tal vez provocada por ellos mismos, como ocurrió con la gente de Maquera en Senkata el año 2019. El retorno al poder se alimenta de la sangre de los propios seguidores del “líder espiritual de los indígenas del mundo”, debería decir el desquiciado, dando fe de ello el sacrificio al que, por ejemplo, fue condenado Rodolfo Illanes, viceministro de Régimen Interior que fue asesinado por cooperativistas mineros el año 2016.
Quieren conseguir la renuncia de Rodrigo Paz porque de ese modo se facilitará el retorno a la presidencia del “mesías” que nace cada 500 años. Braman que no tienen miedo y que ocasionarán una convulsión social (¿no está viviendo ya Bolivia dicha convulsión?) si es que Paz no renuncia. Saben que están jugando su última carta y que les está fallando su plan, pero se mantendrán firmes en su propósito ocasionando luto y dolor en el pueblo boliviano.
Y en esa tarea está no sólo el propio interesado y su círculo cercano, sino también la extensa red que tienen tejida en el exterior y de la que forman parte, entre otros, el CELAG dirigido por el español apologeta del expresidente fugado Alfredo Serrano Mancilla; la peruana Laura Arroyo, el francés Melenchón y el aparentemente ingenuo presidente de Colombia Gustavo Petro, que se ofrece de mediador ante lo que él llama “insurrección popular” (uno pensaría que quienes leyeron las obras de Marx, Lenin, Mao, Castro, Guevara, Ho. Chi Min y de ottos marxistas, sabrían interpretar la realidad, pero está visto que no), a la que pronto se sumarán Becker y sus adulones gringos y nativos, y varios otros más, debidamente alimentados de información distorsionada proporcionada por el tío que se aprovechó en beneficio propios de su paso por la Asamblea Permanente de Derechos Humanos.
Pero, no es solo eso. La violencia se alimenta también de la que proviene del bando opuesto, de quienes siguen hablando de “pueblo enfermo” y de que Bolivia es un país ingobernable. De aquellos que, pese a que la ciencia ha demostrado que no existen las razas, son racistas consumados. De aquellos que, en actitud incomprensible, queman la wiphala.
Se alimenta también del “mirar a un costado” del gobierno que parece no comprender la gravedad de la situación y cree que, con slogans, fotos y buenas intenciones se gobierna, y que echó por la borda el apoyo que recibió en 2025. Y que no hace uso de sus atribuciones constitucionales.
Entendamos que Bolivia es un país diverso y que debemos construir la unidad, sin odio, sin rencor, sin revancha. Basta de “ojo por ojo” y “diente por diente”. Y no estoy hablando de la tergiversación del “dar la otra mejilla”, que es mostrada como la actitud sumisa de un pobre sujeto que se deja pegar porque sí. Estoy hablando de lo que Dom Helder Cámara, obispo de Recife, nordeste brasilero, decía en la década de los 70 del siglo pasado: que la violencia engendra más violencia y que, a causa de ello, muchos países entran en una espiral de violencia de la que es muy difícil y doloroso salir.
¡Ánimo, pues, y templanza!
Rechacemos de manera vehemente la violencia.
Carlos Derpic es abogado.
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