Con salarios impagos de casi 10 meses, 25 trabajadores del diario Opinión terminan en la calle

Derechos Humanos

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Yenny Escalante

Exteriores del periódico Opinión de Cochabamba

Durante meses, seguir trabajando fue una mezcla de vocación y supervivencia. Llegaban a la redacción sin saber cuándo cobrarían, se prestaban dinero para los pasajes y asumían el trabajo de colegas que se iban sin ser reemplazados. Pero esa resistencia llegó a su límite: alrededor de 25 trabajadores del periódico Opinión —entre periodistas, diagramadores, prensistas y personal administrativo— se acogieron al despido indirecto tras una prolongada crisis salarial que, en algunos casos, acumuló hasta casi 10 meses de sueldos impagos.

El último grupo, de alrededor de 15 personas, dejó el medio el 31 de marzo. Eran los que aún sostenían el funcionamiento del periódico, días después de la publicación de su última edición impresa, el 22 de marzo. Con su salida, el medio quedó prácticamente paralizado, sin edición física ni digital, y sin certezas sobre su futuro.

“Ya no había forma de continuar. Era demasiado tiempo sin cobrar y con una carga de trabajo cada vez mayor”, cuenta Santiago Espinoza, quien fue jefe de redacción durante ocho años. Como él, decenas de trabajadores atravesaron procesos laborales para exigir el pago de sus salarios, pero los resultados parciales —pagos fragmentados tras meses de espera— terminaron por desgastar cualquier intento de permanecer.

La salida no fue una decisión libre. Según relatan los extrabajadores, la empresa propietaria del medio, el conglomerado Coboce, «abrió la posibilidad» del despido indirecto como única vía para destrabar pagos pendientes: así, ante incumplimientos del empleador, los trabajadores se vieron obligados a retirarse con derecho a beneficios sociales. Sin embargo, en la práctica, fue también el mecanismo que terminó vaciando la redacción.

“Era eso o seguir en una situación insostenible. Ya habíamos pasado más de un año en trámites legales, esperando pagos que nunca llegaban completos”, explica Santiago. La promesa de la empresa es saldar las deudas en un plazo de 15 días, aunque los trabajadores reconocen que viven ese compromiso con incertidumbre.

Detrás de la salida masiva hay historias de precariedad que se fueron acumulando en silencio. Algunos trabajadores no tenían dinero para trasladarse hasta el periódico o para hacer sus coberturas diarias. Otros debieron buscar empleos alternativos —como choferes de taxi o trabajos informales— para sostener a sus familias. Hubo quienes adelantaron su jubilación para acceder a algún ingreso. “Es un desgaste que no solo es económico, también es emocional. Te va quitando la dignidad”, relata Santiago.

La crisis no es reciente, los retrasos en el pago de salarios comenzaron poco después de la pandemia y se agravaron progresivamente. Desde 2022, los desfases se volvieron habituales, y en los últimos años alcanzaron niveles críticos, con deudas que podían extenderse entre cinco y diez meses, en algunos casos, incluso más.

Mientras tanto, la estructura del medio se debilitaba, pues cada trabajador que se iba dejaba un vacío que no era cubierto. Sus tareas se repartían entre quienes quedaban, incrementando la carga laboral en una redacción cada vez más reducida. Santiago resalta que hacían el trabajo de dos o tres personas, pero sin salario.

Los últimos días estuvieron marcados por un ambiente tenso. Los trabajadores denuncian medidas como la instalación repentina de cámaras de seguridad, restricciones en los horarios y una salida anticipada el último día. También aseguran que la empresa eliminó contenidos digitales, incluido un mensaje de despedida que habían preparado. nos han básicamente expulsado literalmente de las instalaciones físicas del periódico y también de los espacios digitales que nosotros hemos básicamente construido. Es gente que no tiene ningún conocimiento y tampoco tienen interés en el tema periodístico y que bueno, se han deshecho de nosotros”, expresó Santiago.

A la par, el medio fue perdiendo su estructura física. El inmueble donde funcionaba el periódico fue transferido a otra unidad del grupo empresarial, lo que deja aún más incierta cualquier posibilidad de reactivación. Hasta ahora, no existe una comunicación oficial sobre el futuro de Opinión.

Más allá de la crisis laboral, el cierre deja un impacto más amplio. Para los trabajadores, no se trata solo de la pérdida de sus empleos, sino también de un golpe a la sociedad. “Cuando un medio desaparece, se pierde una voz. Es un retroceso para la pluralidad y para el acceso a información trabajada con criterios periodísticos”, reflexiona Santiago.

En un contexto donde abundan contenidos sin verificación, la desaparición de un medio con trayectoria representa, según advierten, una pérdida para la calidad informativa y el debate público. “Todos perdemos”, resume.

Mientras esperan que la empresa cumpla con el pago de sus beneficios sociales, los extrabajadores enfrentan ahora el reto de rehacer sus vidas en medio de deudas acumuladas y un panorama laboral incierto. La historia de Opinión, por ahora, queda en pausa. Pero las consecuencias de su cierre ya se sienten —en los bolsillos de sus trabajadores y en el ecosistema informativo del país.

Aquí puede ver el video de despedida de los trabajadores de Opinión:

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