Indígenas del Tipnis en el coliseo de la UMSA. Foto portada: Yenny Escalante – Sumando Voces
Agustín Yuco Semo no duerme bien desde que llegó a La Paz. Dice que la altura le aprieta el pecho por las noches y que a veces debe sentarse en la cama para recuperar el aire. Extraña el calor húmedo del Sécure, el sonido del río y la tierra mojada de su comunidad, San Vicente del Sécure, en el Tipnis. Pero más que la incomodidad y su salud inestable, lo desvela la incertidumbre.
Hace casi tres semanas, él —expresidente del Tipnis y excorregidor de la comunidad San Vicente del Sécure— y otros 14 representantes indígenas viajaron desde Trinidad (Beni) hasta la sede de gobierno para pedir ayuda. Dejaron a sus familias en medio de inundaciones que afectan a 46 comunidades; el 90% de su territorio está anegado. “Desde allá nos llaman y nos preguntan cómo estamos avanzando aquí. Y no tenemos qué decirles”, cuenta con la voz cansada.

En el salón donde duermen, el eco del coliseo se mezcla con el frío de la madrugada paceña. No hay camas. Sobre el piso extendieron láminas de gomaeva que usan como colchón improvisado. Encima colocan frazadillas delgadas que apenas abrigan. Vienen de tierras bajas, donde el calor es intenso y constante; aquí, a más de 3.600 metros de altura, el frío cala distinto, más cuando se duerme casi a ras del suelo.

Sus pertenencias están ordenadas contra la pared: bolsas de yute y bolsones donde guardan la ropa, algunos documentos y lo poco que trajeron para resistir la estadía. Cerca de la puerta hay una máquina de oxígeno. Un pastor se la prestó a Agustín para aliviar los efectos de la altura, que por las noches le quita el aire. Debería usarla precisamente cuando más lo necesita, al dormir. Pero el aparato hace un ruido constante y fuerte. Por consideración a sus compañeros —teme que no puedan descansar con ese sonido— casi no la enciende. Cuando el pecho se le cierra, prefiere sentarse en silencio y esperar a que pase la sensación de asfixia.
No están así por gusto, vinieron con un objetivo, hablar con el presidente Rodrigo Paz y hacerle conocer la situación que arrastran desde hace mucho tiempo y a la cual nunca se dio solución.
En el Tipnis, cuando el agua sube, no solo entra a las casas. Arrasa con los sembradíos. El plátano y la yuca —alimentos básicos— no resisten; la caña, el maíz y el arroz, tampoco. Las gallinas, los chanchos y los perros buscan refugio en las lomas. Las familias esperan que el agua baje, pero cuando eso ocurre, empieza otra preocupación.
«Cuando llega el temporal, todos los sembradíos quedan afectados. Uno se queda con lo que puede, con las sobras, uno va recogiendo, pero los restos quedan enterrados. Ya no se puede cosechar, se pudre nomas», relata Teresa Noe, una de las mujeres indígenas que está en La Paz, aguardando una solución para su gente. En su comunidad, San José de Angostá, son alrededor de 500 familias, casi todas, afectadas por la fuerza del agua.

“Tenemos que tomar agua del río, aunque esté sucia. Y, justamente, de ahí vienen las enfermedades. Los niños se enferman, los ancianos y las ancianas”, explica Yuco. Sin bombas para extraer agua limpia y con postas de salud sin medicamentos, el miedo no termina con la lluvia.
En la comunidad de San Bernardo hay un micro hospital con infraestructura nueva, pero vacío. “No tiene ni un paracetamol”, lamenta. En otras comunidades solo hay una enfermera o una promotora de salud que camina largas distancias para atender a varias poblaciones dispersas. La leishmaniasis, infecciones estomacales y enfermedades respiratorias se vuelven frecuentes tras las inundaciones.
Mientras tanto, en La Paz, la comisión indígena sobrevive con apoyo solidario. La Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) les brinda alojamiento en el coliseo universitario y alimentación. No todos pudieron venir; el dinero no alcanzaba para más pasajes. Son 15 personas, entre ellas dos mujeres. Los demás se quedaron resistiendo en sus comunidades. “(Los de la UMSA) ya deben estar cansados de nosotros, pero no queremos irnos sin solución”, dice Yuco con un tono de esperanza.

Cocales y minería que avanza
Además de la emergencia por las lluvias, la comisión denuncia otras heridas abiertas. En el Conisur, aseguran, avanza la siembra de coca y la minería de oro dentro del territorio. “Están entrando y sacando oro, sembrando coca. Eso también nos preocupa”, afirma Yuco.
También cuestiona que el turismo de pesca en algunas zonas beneficie solo a unos pocos y no a las 64 comunidades que habitan el territorio. Piden revisar esos convenios y discutirlos de forma colectiva. Asegura que el Sernap sabe de esta situación y se hacen acuerdos con unos cuantos dirigentes.

Pero más allá de las demandas técnicas —ítems de salud, médicos, equipamiento, sobrevuelos de Defensa Civil— lo que pesa es el sentimiento de abandono. “Queríamos hablar con el Presidente (Rodrigo Paz Pereira), aunque sea unos minutos, para darle la mano y decirle cómo vivimos allá”, comenta Yuco.
En su comunidad, cuando el agua baja, siembran maíz. Tres o cuatro meses después pueden cosechar. Luego vuelven a plantar yuca, que tarda más. El tiempo se mide en ciclos de lluvia y siembra, mientras que en la ciudad, en La Paz, el tiempo se mide en reuniones que no llegan.
Cada llamada desde el Tipnis trae la misma pregunta: —¿hay respuesta?
—Por ahora, no.
“Si no llueve, no hay problema. Pero si llueve fuerte, castiga”, dice, como quien acepta la fuerza de la naturaleza. Lo que no acepta es la indiferencia. La comisión seguirá esperando, porque regresar sin respuestas sería volver con las manos vacías ante comunidades que hoy, entre el agua, confían en ellos.

En medio de la espera, Agustín y Teresa suelen sentarse a conversar. Recuerdan la gran marcha por el Tipnis, aquella caminata masiva que los llevó también hasta La Paz años atrás. Hablan de los días de camino, de la solidaridad recibida, de las promesas. Hoy están otra vez en la ciudad, pero la historia parece repetirse: vuelven a pedir que los escuchen.
El frío, la altura y la incomodidad pesan, pero más pesa la preocupación por lo que ocurre en casa. Cada noche, antes de acostarse sobre la gomaeva, revisan el teléfono esperando mensajes de sus comunidades. Afuera, La Paz sigue su ritmo; dentro del coliseo, el tiempo transcurre entre recuerdos, llamadas y la esperanza de una respuesta que aún no llega.

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