El comercio informal en Bolivia tiene rostro de mujer y basta salir por las calles para comprobarlo. Las grandilocuencias de la macroeconomía no alcanzan a hablar de una realidad desgarradora: más del 70% de las mujeres trabaja en la informalidad.
Estas mujeres ganan menos que el salario mínimo y no tienen acceso a derechos básicos como la seguridad social, no piensan en vacaciones porque no las tienen y son mujeres a las que el sistema tiene la osadía de querer robarles la esperanza.
Esa es la forma en que el sistema las relega a los márgenes de la sociedad, perpetuando un ciclo de pobreza y desigualdad. Esta precariedad laboral una forma de violencia estructural que invisibiliza el aporte económico de las mujeres mientras las sobrecarga con responsabilidades no remuneradas. No estamos señalando que no afecta a hombres sino poniendo el foco en cómo las consecuencias son mayores para mujeres.
En esa misma línea reconozco el privilegio de saltarme tan solo unos milímetros del molde de trabajo que se espera: precariedad y sujeciones de dominación. Pero el privilegio, aún siendo mínimo, es solo una excepción.
El estudio «Alli Cullqi: Derechos económicos de las mujeres en su diversidad en Bolivia» pone en evidencia lo que muchas ya sabemos por experiencia propia: las mujeres ganamos entre un 25% y 30% menos que los hombres, una brecha que se agranda hasta el 40% en zonas rurales, afectando especialmente a indígenas y jóvenes.
Esta disparidad no es casual, es el resultado de un sistema patriarcal que confina a las mujeres a sectores de baja productividad, como el comercio informal, la manufactura artesanal o la agricultura familiar, donde los ingresos son precarios y la protección social es nula.
Sí, he dicho patriarcal. Esa palabra que parece prohibida y que se usa para inhabilitar nuestros argumentos. Patriarcal porque pone en relieve a hombres y a las mujeres en la base sobre la cual recaen más cargas.
El estudio que mencioné detalla que solo tres de cada diez mujeres tienen seguro de salud o aportes para la jubilación. Eso nos deja expuestas a la vulnerabilidad en la vejez o en caso de enfermedad. Y si pertenecemos a colectivos LGTBI, las barreras se multiplican: discriminación, exclusión de políticas públicas y un acceso aún más limitado a créditos formales.
Aquí entra en juego la interseccionalidad, ese lente feminista esencial que nos recuerda cómo el género se entrecruza con la etnia, la clase y la orientación sexual para profundizar las desigualdades. No hablamos de «mujeres en general», sino de mujeres diversas, cuyas realidades son ignoradas por Estados que priorizan modelos económicos androcéntricos.
El núcleo de esta injusticia radica en la sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, esa «doble jornada» que el feminismo ha denunciado durante décadas. Las mujeres dedicamos en promedio 39 horas semanales a estas tareas, frente a solo 14 horas de los hombres.
¿Cómo se espera que accedamos a formación, empleo formal o espacios de decisión si el patriarcado nos impone este rol como «natural»? Esta división sexual del trabajo no solo limita nuestra autonomía económica, sino que perpetúa la dependencia y la pobreza. En un contexto de crisis económica, como la que Bolivia ha enfrentado en los últimos dos años, son las mujeres quienes absorben el impacto: emprendimientos pequeños financiados con capital propio o créditos informales de alto interés, que apenas permiten subsistir.
Como bien señala Tania Sánchez, directora de la Coordinadora de la Mujer, «de ocho de cada diez personas en el mercado informal, alrededor de seis son mujeres». Algo que tienen que decir los economistas es que la economía del país se mueve a expensas de la salud, dignidad y futuro de millones de mujeres.
Desde una perspectiva feminista, esta precariedad es una forma de violencia económica. No basta con reconocer el problema; necesitamos políticas transformadoras que interpelen a las estructuras de poder como la banca.
Como enfatiza Sánchez, la información de estudios como este debe traducirse en apoyos concretos que permitan a las mujeres desarrollos reales. Se trata de nosotras, nuestras madres, nuestras hermanas y en riesgo nuestras hijas y el futuro de todas ellas no es un asunto menor.
Esther Mamani es periodista, workaholic, especialista en género
Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.





