De animales sagrados a plagas: el precio de traicionar un legado

De niño, mi momento favorito de las vacaciones era visitar las ruinas de Ch’uku Perka, o «Costura de Piedra» (Periodo Formativo Tardío de Tiahuanaku aproximadamente 500 a. C. – 250 d. C.), ubicadas a orillas del pueblo de Santiago de Ojje, en el municipio de Tiquina, departamento de La Paz, Bolivia. Las ruinas se encontraban junto al lago Titicaca, erosionadas por el tiempo, pero aún imponentes. Esta fortaleza tiahuanacota, formada por bloques inmensos de piedra, tenía una particularidad: en su centro se erguía una cabeza de un animal. Por falta de conocimiento, los lugareños afirmaban que se trataba de un toro; sin embargo, debido a la tardía introducción del ganado bovino por parte de los españoles, esta interpretación resultaba insostenible. Amaba contemplar aquella piedra esculpida con un arte tiahuanacota excepcional. Arqueólogos como Luis Miguel Calisaya señalan que la imagen representa una anaconda enroscada. En la cosmovisión andina, la serpiente (Katari o Amaru) simboliza el la conexión entre el Ukupacha (mundo de abajo) y el Hanaqpacha (mundo de arriba), lo cual cobra sentido si se considera la conexión directa de estas ruinas con las aguas del lago Titicaca.

Cada visita a las ruinas de Tiahuanaku despierta en mí la misma emoción de la primera vez, al observar la precisión y la belleza de las representaciones de cóndores, halcones, serpientes, camélidos y, sobre todo, pumas, animales considerados sagrados por los tiahuanacotas. Tanto es así que se cree que la pirámide de Akapana originalmente tenía la forma de medio puma. Además, en las escalinatas de los templos pueden verse cabezas clavas talladas con rasgos felinos, testimonio de la centralidad simbólica de este animal.

El respeto y la veneración por los animales no fueron exclusivos de las culturas prehispánicas de América. En Eurasia, hace algunos años se descubrieron las ruinas más antiguas conocidas de la humanidad: Göbekli Tepe (9500 a. C. – 8000 a. C.), ubicado en el sureste de Turquía y considerado actualmente el templo o centro ritual más antiguo del planeta. Este complejo fue construido en una época en la que el ser humano aún no practicaba la agricultura y dependía exclusivamente de la caza y la recolección. Al igual que en Tiahuanaku, allí se observan monolitos en forma de T decorados con relieves de animales como zorros, jabalíes, toros salvajes, buitres y serpientes. Estas representaciones revelan una constante humana: la necesidad de expresar lo espiritual a través de animales poderosos, símbolos de fuerzas indomables que inspiran respeto.

Los pueblos originarios de Norteamérica o los celtas en Europa también atribuyeron carácter sagrado a determinadas especies, reconociendo en ellas fuerzas espirituales y funciones ecológicas esenciales. A lo largo de la historia, la humanidad convivió con grandes felinos como leones y tigres hasta que la expansión humana y la ignorancia cultural condujeron, en muchos casos, a su extinción, como ocurrió con el león europeo alrededor del año 100 d. C. Estas pérdidas evidencian una verdad fundamental: los animales cumplen un rol insustituible en el equilibrio biológico del planeta. Como en un mecanismo delicado, si una pieza desaparece, el sistema entero comienza a fallar. Y aunque la tecnología avance, como humanidad seguimos dependiendo de la naturaleza para sobrevivir.

Lamentablemente, la modernidad ha erosionado los principios de respeto y cuidado hacia aquello que antes se consideraba sagrado. Aunque los tiahuanacotas desaparecieron hace miles de años, incas, quechuas y aymaras heredaron la noción de sacralidad tanto del lago Titicaca como de los animales venerados. Hoy, sin embargo, en amplias zonas rurales del occidente boliviano, especies antes consideradas sagradas como el titi, el zorro, el puma y el cóndor son percibidas como amenazas. Muchas de ellas, incluido el titi, el puma y el cóndor, se encuentran en peligro de extinción.

En febrero de 2021, en la comunidad de Peras (municipio de Cercado, Tarija), se encontraron 34 cóndores muertos tras ser envenenados por un poblador que buscaba matar a un puma. Este hecho representó la pérdida de aproximadamente el 0,5 % de la población mundial de cóndores. En 2023, en la zona de Llojeta (municipio de La Paz), se halló otro cóndor envenenado con químicos. Asimismo, en el municipio de Omereque, Cochabamba, se han registrado casos de cóndores abatidos con armas de fuego, impulsados en parte por el falso mito de que estas aves cazan ganado vivo, cuando en realidad son exclusivamente carroñeras.

Una situación similar enfrentan los titis (gato andino), especie que es  envenenada o cazada por pobladores locales para proteger su ganado y aves de corral. Actualmente, en Bolivia se estima que existen apenas unos 500 ejemplares. Además, estos animales son perseguidos por su piel para rituales que, en tiempos ancestrales, solo podían ser realizados por sacerdotes autorizados, con permiso simbólico de las montañas (se prohibía la caza indiscriminada), en reconocimiento de su carácter sagrado.

Uno de los episodios más estremecedores y recientes de biocidio ocurrió recientemente en la localidad de Vitichi, en Potosí, donde un puma adulto fue capturado en una trampa. Las imágenes, difundidas originalmente por la Fundación ACLO, muestran al felino sometido a altos niveles de estrés y sufrimiento. Las autoridades no lograron ubicar el lugar exacto del hecho para efectuar un rescate, y se presume que el animal fue finalmente apedreado por pobladores.

La desinformación y la precariedad económica de amplios sectores rurales, sumadas a la expansión agrícola y ganadera (causado por la marginalidad de la tierra), como también la contaminación minera, están destruyendo ecosistemas fundamentales para la supervivencia de estas especies. Animales que alguna vez fueron considerados sagrados hoy son tratados como plagas. Con ello, estamos perdiendo la sabiduría heredada de nuestros pueblos originarios, ese equilibrio ancestral que debemos preservar para coexistir.

Existen actualmente técnicas efectivas para proteger el ganado sin recurrir a la eliminación de fauna silvestre. Sin embargo, la falta de políticas públicas sólidas y de programas educativos limita su implementación. El nivel de desinformación es tal que, tras el caso del puma atrapado, en redes sociales cientos de personas justificaron el hecho, ignorando la relevancia simbólica del puma dentro de la cosmovisión andina y su incidencia en los ecosistemas de los Andes.

Latinoamérica se encuentra hoy en una encrucijada histórica: desde la Patagonia hasta México, debemos decidir entre continuar con un modelo de explotación irracional que degrada la vida silvestre y los ecosistemas, o apostar por un desarrollo económico equilibrado, sustentado en la conciencia, el conocimiento científico y el respeto por la naturaleza.

Rubén Ticona Quisbert es economista y activista del colectivo Lucha por la Amazonia.

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