Gustav Mahler señalaba que “la tradición no es el culto a las cenizas, sino la preservación del fuego”. Quien llora lo que pasó y no crea como continuidad de su raigambre es infecundo e inútil. Eso lo sabía bien el compositor austriaco. En el terreno político, esta afirmación es una verdad imperativa. El escritor, filósofo y político irlandés del siglo XVIII, Edmund Burke, señaló: “Una sociedad sin medios para cambiar está sin medios para conservarse”. Estas convicciones fueron, seguramente, una de las razones del poderío que tuvo Europa en épocas pasadas.
Nosotros no hemos asumido estas verdades. No hemos superado el trauma de la invasión. Los descendientes, en todas sus vertientes, de aquel conflicto seguimos empecinados en revivir pasados “luminosos” para soslayar la penumbra de nuestra situación actual. El criollo expulsó a sus progenitores y fundó las actuales repúblicas, pero continúa atado a su pasado. En 2021, el entonces presidente de Argentina, Alberto Fernández, declaró durante una visita a España: “Escribió alguna vez Octavio Paz que los mexicanos salieron de los indios, los brasileños salieron de la selva, pero nosotros, los argentinos, llegamos de los barcos. Y eran barcos que venían de Europa. Así construimos nuestra sociedad”. Pensó que con esa frase atraería la simpatía de los españoles; se desató, más bien, una avalancha de chanzas y memes en las redes sociales.
En Bolivia no estamos mejor. La bandera departamental de Chuquisaca es una de los Tercios de España. ¿Cuándo se ha visto que se “homenajee” una independencia recuperando la bandera del invasor? Los potosinos siguen llorando la “gloria” pasada de haber sido sede de la mayor explotación de recursos naturales por parte de los colonizadores; un periódico de Tarija ostenta el nombre de El Andaluz; y el himno de Santa Cruz se inicia así: “La España grandiosa, con hado benigno, aquí plantó el signo de la redención”.
En este panorama, el indio se planteó ser el germen de una nueva identidad nacional. Su misma exclusión había permitido mantener intactas su autenticidad y su potencia creativa. Ese fue el meollo del principio fundador del Movimiento Indio Tupaj Katari (MITKA) en las décadas de 1970 y 1980, posteriormente recuperado y teorizado por Fausto Reinaga.
El gobierno del MAS pudo haber desarrollado esa potencialidad, pero más bien la opacó con una corriente de pensamiento surgida en la academia occidental: el pachamamismo. Esta fantasía resultó funcional a los criollos progresistas, quienes aseguraron así un poder objetivo al sumir a líderes e intelectuales indígenas en la subjetividad de ficticias virtudes ancestrales.
Se perpetró, en consecuencia, una falsificación de la historia indígena, posible no solo por la complacencia de la academia, sino, sobre todo, por la gratificación de organismos internacionales, agencias de cooperación europeas y ONG locales.
Sin embargo, esa visión no corresponde a la lucha histórica de los pueblos indígenas. Solo un conocimiento cabal puede garantizar la elaboración de ideas adecuadas y el éxito de prácticas sociales verdaderamente liberadoras. Presentamos, por ello, algunos párrafos destinados a conocer la lucha de dos precursores indígenas, con el objetivo de que ello sirva para diseñar ideas y prácticas emancipadoras acordes con el momento y la situación que nos toca vivir:
“El pachamamismo no es ideología indígena y está ausente en la formulación de los movimientos que se sucedieron a lo largo de la historia. Como lo sostuvo en su momento Pablo Stefanoni, el pachamamismo era tan inexistente en el Chapare de Evo Morales y en el discurso de Felipe Quispe, como en los antecedentes de las rebeliones indias:
‘Tampoco el pachamamismo fue la base discursiva de las rebeliones indígenas del siglo XVIII, XIX o XX, como Forrest Hylton lo muestra para Chayanta (1927), allí los caciques apoderados reclamaban educación y reconocimiento de sus autoridades y de sus tierras en alianza con sectores de la izquierda urbana, con una interpelación cargada de discursos antiesclavistas moderno/occidentales. Y en los 40 y 50 los sindicatos rompieron, en muchas regiones, con el rol conservador de las autoridades tradicionales en la preservación de un statu quo neocolonial. Muchas de sus categorías, como el chacha- warmi por tomar sólo una, no resisten la investigación histórica, y según Milton Eyzaguirre tiene más que ver con la imposición de la visión católica del matrimonio que con costumbres ancestrales. ¿Descolonizar será volver a las dos repúblicas del Virrey Toledo? A fin de cuentas hay pachamámicos no indígenas e indígenas no pachamámicos —posiblemente la mayoría— por lo que considerar racista a cualquier crítica no tiene mucho asidero…”. (Pablo Stefanomi. “Indianismo y pachamamismo”, en: Periódico Pagina 7, La Paz, mayo 2010.)
Lo característico en la resistencia indígena, en sus más lejanos antecedentes, es la apropiación de los recursos materiales y simbólicos del invasor y no la fijación obsesiva en lo propio. Juan Santos Atawalpa, el caudillo de la rebelión de 1742 en Tarma y Jauja gustaba denominarse a sí mismo como Apu Inca, hablaba con fluidez latín y quechua y aprendió rápidamente los idiomas de la selva donde desarrollo su rebelión y gustaba ostentar “sobre el pecho un crucifijo, como lo describe un testigo contemporáneo”. (Daniel Valcarcel. La rebelión de Tupac Amaru. Colección Popular. Fondo de Cultura Económica, México, 1947.)
Vicente Pasos Kanki, ideólogo, pionero e historiador aymara —“indio de pura sangre”, como lo describe Charles W. Arnade— quien siempre “intentó afirmar su identidad de indio que recalcaba desde sus primeros trabajos” (Eugenia Bridikhina. “Vicente Pazos Kanki y la teoría de la historia”, en Estudios Bolivianos, No. 27. diciembre de. 2017, La Paz) tradujo a su lengua materna el Evangelio de San Lucas y la Declaración de Independencia de Thomas Paine. Fue un “demócrata entusiasta” con destacada participación en la independencia argentina en 1810. Creía “que las culturas indígenas y española podrían combinarse en una grandiosa civilización” (Charles W, Arnade, Laura Escobari de Querejazu. Historiografía colonial y moderna de Bolivia. Amigos del Libro. La Paz, 2008).
Pasos Kanki caricaturizó, además, la propuesta de Belgrano de adoptar para Argentina una forma de gobierno monárquica, coronando como rey a un miembro de la dinastía de los incas. Llegó “a la conclusión de la inutilidad y ridiculez de la espera de la restauración de la monarquía señalando, además, la peligrosidad de esta táctica política” (Eugenia Bridikhina. Op. cit). ¡Nada que ver con los estereotipos pachamamistas ahora en boga!
El 8 de agosto de 1930, Eduardo Nina Quispe, pedagogo aymara y exponentes de la emancipación indígena, funda la “Sociedad República del Kollasuyo”, un “centro generador de ideas, capaz de luchar contra el sistema imperante”. (Esteban Ticona Alejo, Saberes, conocimientos y prácticas anticoloniales del pueblo aymara-quechua en Bolivia. AGRUCO, Plural Ediciones, La Paz, 2010). En una entrevista detalla las convicciones adquiridas desde niño y que influyeron en su posterior actividad:
“Desde pequeño me llamaba la atención cuando veía a los caballeros comprar diarios y darse cuenta por ello de todo lo que sucedía: entonces pensé en aprender a leer mediante un abecedario que me obsequiaron, noche tras noche comencé a conocer las primeras letras; mi tenacidad hizo que pronto pudiera tener entre mis manos un libro y saber lo que encerraba”. (Entrevista publicada en el periódico El Norte, 28-x-1928, citado en Esteban Ticona Alejo, op. cit.)
En esa entrevista Nina Quispe relata que durante la Gran Cruzada Nacional Pro-indio (En 1926 el gobierno y la Iglesia Católica iniciaron un vasto programa de educación indígena, la “Gran Cruzada Nacional Pro Indio”, frustrada por la oposición de la Federación Universitaria de La Paz, quienes argumentaban que el principal problema del indio era social y no la falta de educación), leía los comentarios publicados en los diarios y se detenía frente a los cartelitos en las calles, pensando: “¿Por qué no puedo secundar esta obra? Yo que íntimamente conozco la tristeza del indio macilento y vencido; yo que he sentido sollozar en mi corazón el grito de una raza vejada (…). Pasó el tiempo, mi humilde rancho era el sitio de reunión del gremio de carniceros; éstos acordaron enviarme sus hijos para que les enseñara a leer”. (Esteban Ticona Alejo. Op. cit.).
La idea de nación de Eduardo Nina Quispe, su ideario, proclamaba la revalorización de la cultura y de la identidad indígena al interior de la República de Bolivia: “Quispe fijaba al movimiento indígena no en oposición sino dentro y como parte del Estado nación. Su adhesión a la nación boliviana la manifestó cabalmente a raíz de la Guerra del Chaco cuando pregonó: «inculcaremos en las escuelas indígenas el deber de sacrificarnos por nuestra hermosa bandera nacional y por nuestra amada patria»”. (Cecilia Wahren. Encarnaciones de lo autóctono. Prácticas y políticas culturales en torno a la indianidad en Bolivia a comienzos del siglo XX. Teseo. Universidad de San Andrés. Buenos Aires, 2016).
Cuando una periodista le pregunta: ¿Qué piensa usted del traje típico?, él responde: “Sería mejor que desterráramos el poncho. Nuestro traje hace que los extranjeros nos miren con recelo y nos coloquen de inmediato la máquina fotográfica; además, la diferencia de nuestro vestuario da lugar a que nos cataloguen en el plano de las bestias humanas”. (Entrevista de Ana Rosa Tornero a Nina Quispe, publicada en el periódico El Norte el 28 de octubre de 1928, La Paz, Bolivia. pp.1- 4. Es publicado como anexo en la Revista La Migraña N° 7, pp. 75-76. https://es.scribd.com/document/400016527/Una-Entrevista-a-Nina-Quispe). Respuesta que desconcierta a los pachamamistas contemporáneos. Alejo Ticona alega: “Es muy contundente la respuesta de Nina Quispe sobre el poncho, la toma fotográfica y la supuesta bestialidad del indio. Posiblemente para algún folklorista que valora el poncho, signifique estar en contra de la identidad del vestir ancestral. Pero el razonamiento agudo de Nina Quispe apunta a “desterrar el poncho”, porque no es una vestimenta ancestral y más bien es una prenda impuesta por los colonizadores a los pueblos aymaras y quechuas”. (Esteban Ticona Alejo. “Eduardo Nina Quispe: El emancipador, educador y político aymara”. En: La Migraña… Revista de análisis político. N° 7. La Paz, 2013, pp. 60-74).”
Los párrafos sobre Vicente Pasos Kanki y Eduardo Nina Quispe fueron extractados del libro “El MAS y la degradación de la Pachamama en pachamamismo” de Pedro Portugal Mollinedo. Usted puede descargar el libro ingresando a este enlace:
https://www.facebook.com/groups/104122321484/permalink/10160513619006485/
Pedro Portugal Mollinedo es historiador, autor de ensayos y estudios sobre los pueblos indígenas, además de columnista en varios medios impresos y digitales.
Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.





