Cuando la prolongación se disfraza de renovación

Opinión

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Sumando Voces

Marco Gutiérrez

Los últimos acontecimientos políticos, principalmente los resultados de la reciente elección nacional, muestran síntomas del agotamiento crónico de una generación política que está siendo relevada, progresiva pero contundentemente, por nuevos actores emergentes, que con luces y sombras representan la tan ansiada renovación, inaugurando así un período de nuevos rostros, siglas y colores, pero, ¿también de ideas, propuestas y formas de hacer política?

Responder a esta pregunta genera tensiones en los círculos políticos, pues, a quienes los integran les cuesta ejercitar la autocrítica, por eso es necesario que el debate sobre esta cuestionante se democratice, que se hable de ello desde los hogares, en los almuerzos domingueros; desde los barrios, aprovechando las asambleas vecinales; desde el pueblo mismo, que transcurre su cotidianidad entre mercados, transporte público y plazas, entre preocupaciones y sentidas esperanzas.

Quizá a una importante mayoría de personas les sucede que cuando escuchan la palabra “renovación” la relacionan sin dudar con la juventud, entendiendo a esta etapa temporal de la vida como lo nuevo, lo enérgico, lo bien intencionado… ese es el argumento romántico al que muchos/as acuden, como una premisa, para reclamar el porqué “los mismos de siempre” aparecen en listas, papeletas y campañas electorales, habiendo tanta juventud esperando su turno. Sin embargo, ese voto de confianza que se le otorga a las juventudes, es a la vez bastante volátil, pues, sucede con frecuencia que, al consolidarse un nuevo liderazgo, las miradas de sigilo, de dudas y señalamientos de inexperiencia pesan sobre él, como si hubiera habido un golpe de amnesia colectiva que hizo olvidar aquel clamor de renovación política, a partir de los/as jóvenes, que tanto se pedía.

Entonces, ¿que tienen que hacer los/as jóvenes interesados en la política, como sujetos protagonistas de esta disputa, entre el reconocimiento y el rechazo social? Pues, la prioridad en ellos/as debería ser demostrar que a la política se la dignifica a través de las ideas, de las propuestas y de las prácticas que cuestionen y transformen lo ya establecido por el poder.

A través de las ideas, asumiendo que más allá de nuestra condición biológica, el ser joven hoy tiene que ver con identidades, causas y creencias, que por cierto son distintas a las de nuestros padres y abuelos, y que cargan consigo innovación y creatividad, elementos imprescindibles para repensar el mundo y encontrar las soluciones que este necesita en distintos ámbitos.

A través de las propuestas, generando una renovación profundamente transformadora, que no deje espacio para la más mínima duda, respecto al porqué un joven que decide hacer política merece el honor de saberse representante de toda una sociedad, no tan solo de su generación. Referirse a propuestas es construir desde el estudio, la formación y el conocimiento, un horizonte alternativo, que muestre, justificadamente, cómo solucionar tanto los problemas estructurales de una sociedad como los que se presentan en la cotidianidad de la gente, haciendo frente así a la tan mediocre demagogia y al temido populismo, que juega con las ilusiones de tantos/as.

Y, por último, pero no menos importante, a través del cuestionamiento y cambio de las prácticas y formas de hacer política que tan venidas a menos y degradadas están, implicando resignificar los procesos de negociación, los roles asignados, el valor de la palabra, el respeto a ciertos códigos y principios, entre otras cuestiones; es sin duda una tarea cuesta arriba, que ofrece, sobre todo, frustración a quien intenta aventurarse en ella, sentimiento que solo la convicción puede erradicar. Esta labor significa, por ejemplo, en términos prácticos, rechazar el casi único rol que se asigna a las juventudes en campañas electorales: pintar paredes, alzar banderas, repartir panfletos e ir a caminatas, estas acciones deberían ser “parte de” pero es urgente que ya no sean “el todo” del quehacer político juvenil.

Sí, el contexto es ideal para que la renovación sea un hecho, han tenido que transcurrir episodios históricos muy fuertes para que, de forma irreversible, la sociedad sienta profundamente esa necesidad. No hacer la tarea o no hacerla completa, sería para aquellos liderazgos jóvenes una oportunidad perdida, es decir, prolongar aquello que criticamos y disfrazar esa misma prolongación de una renovación superficial, incompleta e inviable.

Buscar renovación, con la esperanza de que desaparezcan esos datos que señalan que, de cada 10 jóvenes, 6 quieren irse del país, o que 8 se sienten insatisfechos con la democracia, es un deber, como pocas veces, muy posible de lograr.

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Marco Gutiérrez es integrante del Movimiento Dignidad y de la Alianza de Defensores y Defensoras de DDHH Tarija

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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