El turismo, denominado la industria sin chimeneas, es uno de los sectores de mayor crecimiento en el mundo, debido a la recuperación económica postpandemia y al resultado de sociedades que desean contrarrestar el estrés y mejorar la salud causadas por una vida ajetreada en el sistema capitalista. El sector turístico aportó en 2024 aproximadamente 10,9 billones de dólares al Producto Interno Bruto (PIB) mundial, según el World Travel and Tourism Council (WTTC). Su impacto en las economías es especialmente relevante en América Latina. En Costa Rica este sector representa entre el 8% y 12% de su PIB (WTTC), y en Perú, en 2024, generó 21,6 mil millones de dólares, equivalente al 7,5% del PIB (WTTC).
Ante esta evidencia surge la pregunta inevitable: ¿por qué Bolivia no prioriza un sector que genera divisas rápidas y directas?
Todo boliviano siente orgullo por la naturaleza y por nuestra diversidad cultural, única en el continente. Sin embargo, por falta de campañas estratégicas estatales, países como Perú han logrado apropiarse internacionalmente de expresiones culturales que nos pertenecen, debilitando una de nuestras cartas más valiosas para atraer visitantes. La dejadez es evidente: hoteles y sitios arqueológicos vacíos; festividades y expresiones culturales sin presencia significativa de turistas extranjeros. El problema va más allá de gobiernos del pasado: es estructural.
En 2023, el Perú vivió meses de convulsión social en la región sur, con bloqueos contra el gobierno de Dina Boluarte. Aquella coyuntura coincidió con la temporada de carnavales y convirtió a Bolivia en una alternativa atractiva. La afluencia de turistas fue excepcional. Aquel momento dejó una lección crucial: las protestas y los bloqueos de caminos son una de las variables que más desincentivan la llegada de extranjeros. Ningún turista viajaría a un país donde puede quedar en una carretera en medio de grupos de protesta que impiden la circulación, y mucho menos aún alguien que pretende vacacionar con su familia.
A ello se suman los desincentivos desde las propias entidades del Estado. Por acción u omisión, las autoridades no priorizan este sector porque no constituye un bloque de poder económico comparable al sector agropecuario. Fortalecer el turismo implica, a su vez, proteger reservas naturales, territorios indígenas, fauna, flora y lugares emblemáticos como el Salar de Uyuni. Pero las políticas extractivistas continúan prevaleciendo y, con ello, se debilita la posibilidad de que el turismo se consolide como un actor que exija la protección de ecosistemas estratégicos. Con este panorama, queda claro que el turismo y los sectores extractivos son contrarios.
Si bien toda actividad turística genera costos ambientales, hoy existen modelos que no solo minimizan el impacto, sino que regeneran los territorios y fortalecen a las comunidades. Un claro ejemplo es el turismo regenerativo, que no se limita a reducir daños: busca restaurar y revitalizar los lugares visitados. A diferencia del turismo sostenible, este modelo crea una relación profunda con las comunidades indígenas e integra conservación, reforestación, restauración de suelos y liderazgo local. El viajero se convierte en parte activa del proceso, aprende, colabora y desarrolla empatía con los habitantes y sus territorios. Es un turismo basado en la interconexión entre naturaleza, cultura y economía local.
Considerando la urgencia actual de Bolivia por obtener divisas, confiar únicamente en medidas como la eliminación del impuesto a las transferencias o a las grandes fortunas no traerá dólares al mercado de manera inmediata. Como dijo el presidente Rodrigo Paz, Bolivia está “en terapia intensiva”, y las medidas anunciadas por el gobierno solo prolongan el tiempo del paciente. El país necesita dólares ya, y el turismo es la vía más rápida y efectiva.
El 27 de noviembre de 2025, el sector turístico presentó al Presidente, en Santa Cruz de la Sierra, la propuesta “Marca País 2026” en un céntrico hotel. Las declaraciones de las autoridades posteriores a la presentación fueron únicamente de buenas intenciones; no se anunciaron políticas ni normativas concretas para beneficiar a este sector. Mientras tanto, las barreras para el turista siguen: Bolivia cuenta con una de las tasas de uso de aeropuerto de vuelos internacionales más altas de la región (40 dólares americanos); un sistema impositivo que asfixia a las operadoras de turismo; falta de conectividad aérea directa y ausencia de competencia entre aerolíneas; oficinas de migración en puntos fronterizos con atención lenta e ineficiente.
Bolivia, tanto en su etapa republicana como en su periodo como Estado Plurinacional, ha estado atada al extractivismo como única locomotora económica. Y todo indica que esa lógica no cambiará pronto. Pero el turismo regenerativo es la alternativa real para que los visitantes valoren, respeten y difundan nuestra diversidad cultural y ecológica. No debe ser una opción secundaria: debe ser prioridad del Estado, tanto para dinamizar economías locales como para fortalecer a los pueblos indígenas, que solo buscan preservar sus territorios y brindar un futuro digno a sus hijos.
La expansión agropecuaria para la exportación, el avance minero y la presión de sectores interculturales están desintegrando comunidades y destruyendo ecosistemas. Nuestros pueblos indígenas no son “disfraces”, danzas o gastronomía: son identidad, son cultura, son una visión del mundo en equilibrio. Y esa es la riqueza que el turismo puede y debe proteger y proyectar al mundo.
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Rubén Ticona Quisbert es economista y activista del colectivo Lucha por la Amazonia.
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