Feminicidios y la economía del control

Opinión

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Sumando Voces

Rubén Ticona Quisbert

¿Dónde termina la libertad del ser humano? Algunos dirán que en una prisión, otros al vivir bajo un gobierno autoritario. Pero, en realidad, todos sacrificamos parte de nuestra libertad a diario para poder subsistir. El trabajo, por ejemplo, nos obliga a ceder tiempo y energía, lo que lleva a muchos a buscar empleos que les brinden felicidad para mitigar la sensación de encierro. De manera similar, algunos ven el matrimonio como una renuncia parcial a la libertad, pues toda relación según la sociedad implica compromisos y sacrificios.

Cuando analizamos los feminicidios, es evidente que no tienen una única causa, pero entre los factores más notorios están la restricción de la libertad y la presión económica. Esto nos lleva a cuestionarnos: ¿qué parte de nuestra libertad debemos ceder en una relación amorosa o en la formación de una familia? ¿Es necesario sacrificar sueños y aspiraciones personales para sostener un vínculo?

Con el tiempo, muchas parejas sienten que la ‘magia’ inicial se desvanece. El ser humano no solo es un ser social, sino también económico, ya que sus emociones y decisiones están influenciadas por su contexto financiero. En la etapa del enamoramiento, hay un periodo de conquista en el que ambos buscan atraer al otro, esforzándose por mostrarse atentos, valiosos y atractivos. Desde la teoría económica, este proceso puede analizarse a través de la «Teoría de Juegos», donde cada persona actúa estratégicamente para maximizar su valor percibido en la relación.

Sin embargo, una vez consolidada la relación y aún más dentro del matrimonio el incentivo para seguir invirtiendo en la pareja puede disminuir si uno de los dos siente que su posición está asegurada. Si ambos dejan de esforzarse, caen en lo que se conoce como un «equilibrio de Nash» negativo, donde ninguno realmente gana y la relación se estanca.

Aquí es donde aparece el control excesivo. Cuando alguien percibe que está perdiendo a su pareja, en lugar de fortalecer la relación desde el respeto y la comunicación, recurre a la restricción y la vigilancia.

Uno de los principales detonantes del feminicidio es la percepción de propiedad sobre la pareja. Los celos, las restricciones de libertad y la violencia psicológica muchas veces son la antesala del abuso físico y, en el peor de los casos, del asesinato.

En una relación donde hay ausencia de libertad, la sensación de estar atrapado genera estrés, frustración y una dinámica de poder desigual. Muchas mujeres que intentan dejar relaciones abusivas enfrentan lo que en economía llamaríamos un “costo de salida” demasiado alto:

  • Abandono financiero (sobre todo cuando hay hijos de por medio).
  • Amenazas y violencia.
  • Falta de apoyo familiar o social.

Todo esto contribuye a que muchas víctimas permanezcan en relaciones peligrosas, atrapadas en un ciclo de abuso del que es difícil escapar.

El amor, que al inicio es sinónimo de ilusión y esperanza, no debería transformarse con el tiempo en arrepentimiento, odio, celos o violencia. En la novela Del amor y otros demonios, Gabriel García Márquez muestra cómo el amor puede convertirse en un motor de autodestrucción cuando se mezcla con el fanatismo y la obsesión. Ninguna relación debe basarse en la renuncia total a uno mismo ni en la restricción de la libertad, porque cuando el amor se convierte en una prisión, deja de ser amor y se transforma en sometimiento. Pero el verdadero amor no encierra, no aprisiona, no somete. Construye, inspira, nos ayuda a crecer y a hacer del mundo un lugar más bello.

Para avanzar como sociedad, debemos abandonar la lucha de poderes en la pareja. Ni el hombre debe ver a la mujer como una posesión, ni la mujer debe sentirse obligada a sacrificar su autonomía. Aunque interactuar en pareja implique desafíos y la búsqueda de nuevos objetivos, nunca se debe descuidar el desarrollo personal. En una relación sana, compartir las cargas de la vida debe hacerla más llevadera, no más pesada. Una relación debe ser un espacio donde ambas partes se potencien, se apoyen y crezcan juntas, tanto emocional como económicamente.

Que la crisis económica que vive Bolivia nos una más como familias para superarla, nos ayude a fortalecer nuestros objetivos, que el matrimonio o cualquier relación amorosa jamás sea sinónimo de pérdida de libertad, sino el comienzo de una vida de respeto, empatía y progreso mutuo.

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Rubén Ticona Quisbert es Economista

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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